Por Hernán Poblete Varas Sería buena idea que algunos editores volvieran a los antiguos correctores de prueba y que ciertos escritores se acostumbraran a consultar el diccionario. Tendríamos un gran ahorro de disparates y los lectores menos razones para sorprenderse con elementos ajenos a la literatura. Por ejemplo: en una novela chilena leo la descripción de un sucio y desordenado recinto con “pululación de sendos roedores”. ¿serán grandes roedores o un roedor para cada montón de mugre? Otro habla de “los dos sendos Fiat 125”. Aquí, al menos, hay una excusa pues en El desenredo , novela breve de Miguel de Loyola, el narrador habla en primera persona, y como se trata de un estudiante de enseñanza media, el disparate puede correr por cuenta de él. Sendos aparte. Miguel de Loyola ha creado un perdosaje que interesa desde su aparición en las primera páginas: aunque sus compañeros lo llamen “el filósofo”, es un ser extraviado en sus propias dudas e indecisiones, temeroso, vacilante, ...
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