viernes, junio 05, 2009

Se dice, en las encuestas...


¿Por qué se invierte tanto dinero en encuestas en este país? ¿Quiénes son los reales interesados en los resultados? ¿Alguien se ha preguntado esto alguna vez?

Me temo que pocos se hacen tales preguntas, porque se maneja hoy a las masas al extremo de anular no sólo su pathos de indignación, el cual a estas alturas en un país gobernado por los mismos debiera haber saltado al infinito, sino la personalidad entera. El individuo masa carece de ella, y una prueba son las influencias de las encuestas.

Las encuestas son creadas precisamente para fijar lo que se dice, tan propio y necesario, al decir de Heidegger para saciar la sed del hombre inauténtico, el cual necesita apoyo del se dice para sostener su existencia. Así, se dice que tal o cual candidato es favorito en las encuestas. Se dice que tal o cual libro es el más vendido. Ergo…el mensaje l funciona perfectamente, y la idea cobra valor universal. ¿Acaso la gente no termina votando por quien se dice…?¿ Acaso los compradores de libros no terminan comprando el libro del cual se dice…? Renunciamos así a buscar nuestra propia voz, negamos así nuestra individualidad, cuando no decimos a mí no me consta tal se dice, yo voy a averiguar…Porque el ser inauténtico hace lo que se dice, piensa lo que se piensa, hace lo que se hace, porque vive en un estado de pasividad total frente a su existencia,

Las encuestas son otra herramienta de la publicidad, creada para fomentar en la opinión pública opiniones relativas a la idea u objeto que se busca instalar en el inconciente como necesidad. Lo cual consiguen, por cierto. Por cuanto una vez que arrojan sus resultados, los medios de comunicación hacen la segunda parte, interceptan a las personas preguntándoles que opinan del resultado de dicha encuesta, aunque la tal persona no se haya cuestionado ni tampoco interesado nunca por el contenido de la encuesta. De esta manera consiguen poner en primera plana algo que no tenía como llegar a estarlo.

Santiago de Chile - Miguel de Loyola

miércoles, septiembre 03, 2008

¿Dónde están esas voces de protesta?




“El apoyo estatal a la literatura es la forma estatalmente encubierta de la liquidación estatal de la literatura.”

Estas palabras pronunciadas por el protagonista de la novela Liquidación ,de Irme Kertész. a propósito de su situación particular como editor de una editorial estatal, parecen lo bastante agudas como para sentarse a reflexionar en tornos a sus implicancias. Desde luego, acotan una realidad que no está lejos de la nuestra.

En un país donde las voces de los artistas solían denunciar los problemas sociales, culturales y económicos de la nación, y de pronto éstas se quedan mudas, da mucho qué pensar. Podemos preguntarnos dónde están hoy esas voces, qué ha pasado con aquellos que ayer clamaban por justicia social, equidad, libertad de expresión, educación, mala salud, corrupción, abusos de poder, enquistamiento de la clase gobernante …

¿Qué pasó también con todos esos medios de comunicación que canalizaban esas voces de protesta? ¿Qué pasó con el espíritu crítico de los intelectuales, llamados a ser la conciencia sensible de los pueblos?

Tal vez los dineros otorgados a los artistas a través del Fondo Nacional del libro y de las Artes pueda interpretarse con las palabras de Kértesz. Han sido cientos de miles de millones de pesos los que ha invertido el Estado chileno en el llamado Fondo de las Artes. Ha sido una fortuna nunca antes imaginada la que ha salido de las arcas fiscales en beneficio de los “artistas.”

Y sin embargo….¿existe hoy un solo medio de prensa libre para canalizar de verdad las voces de los artistas? Por poner un hecho concreto, en el caso de la literatura: ¿Existe hoy una sola revista literaria para acoger la necesidad de diálogo entre las obras de los artistas chilenos?

Después de este detonante alojado por Irme Kertész en la conciencia del lector:
¿podemos los escritores seguir viviendo tranquilos?

He ahí una frase digna de un Premio Nóbel de literatura, encierra y da cuenta de una verdad de valor universal ineludible. El arte, nunca ha ido de la mano del oficialismo, el arte es siempre contestatario, corre por una vía sino opuesta, paralela, pero nunca por la misma, de lo contrario, muere, como bien parece ser el caso del nuestro.

Añadamos a nuestro cometario, la opinión de Roberto Bolaño:
“Chile es hoy un país donde ser escritor y ser cursi es casi lo mismo. Los escritores chilenos actuales que están en el hit parade (los narradores y supongo que también los poetas) son muy malos y todo el mundo sabe que son muy malos ( y además de malos: trepas, plagiarios emboscados, tipos capaces de todo por conseguir un trozo de respetabilidad, cuando la verdadera literatura debe alejarse de la respetabilidad), pero nadie lo dice. No sé por qué razón, pero nadie lo dice, al menos no públicamente. Yo espero que los jóvenes que tomen el relevo cambien este panorama tan pacato y provinciano. “ Julio de 2003. Revista electrónica civilcinema. Daniel Villalobos.

miércoles, julio 23, 2008

Bernhard Schlink, El lector.


Un joven narrador en primera persona nos cuenta su vida a partir de sus 15 años, hasta bien entrada la madurez. Michael Berg es todavía un estudiante de secundaria cuando conoce a Hanna Schmitz, mujer de 35 años, quien trabaja en el tranvía y de la cual se enamora a pesar de la diferencia de edad. La relación amorosa entre ambos estará marcada por un hecho muy particular: las lecturas de obras clásicas en voz alta por parte de Michael a pedido de Hanna, quien disfruta mucho oyéndolo leer.

Sin embargo, Hanna desaparece repentinamente de su vida, para luego reaparecer siete años más tarde acusada de haber sido carcelera nazi en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Por entonces Michael está por recibirse de abogado, y asiste a las audiencias de aquel proceso como parte importante para un curso de los últimos años de su carrera. Es allí, donde casualmente vuelve a encontrarla.


Debido a la manera contradictoria de defenderse ante el magistrado, Michael llega al convencimiento de que Hanna es analfabeta, y la vergüenza le impide confesarlo, dejando que el proceso continúe su curso hasta recibir la temible sentencia: cadena perpetua. Tampoco Michael interviene contándole al juez lo que ha descubierto, y guarda ese silencio letal que poco a poco va generando en quien esconde una verdad, el llamado sentimiento de la culpa.

Mientras Hanna padece su condena recluida en la cárcel, Michael comienza a enviarle cintas con grabaciones de lecturas hechas expresamente para ella, reviviendo así esa experiencia de los primeros años y a propósito de su analfabetismo. Pero jamás le habla en ellos algo personal. Tampoco la visitará en su reclusión. Mantiene el riguroso silencio de la cobardía inexplicable, sin poder expresar sus sentimientos frente a la mujer amada.

El fracaso matrimonial de Michael con Gerturd puede entenderse tal vez como una consecuencia de su prematura relación amorosa con Hanna, a quien nunca pudo olvidar, pero tampoco tendrá el valor de asumir como su verdadero amor cuando Hanna está pronta a recuperar su libertad. La noche anterior a ello, inesperadamente Hanna se suicida

Es indudable el interés del autor por tratar aquí el problema de la culpa que arrastran las nuevas generaciones alemanas como otra de las tantas consecuencias psicológicas de la Segunda Guerra Mundial. Pero podemos entender que no sólo aquellas, sino también las de todos los individuos llamados a resolver problemas de conciencia. La novela encarna así un sentimiento universal y puede entenderse como una invitación a preocuparse por la verdad, a atreverse a quebrar ese silencio que termina asfixiando a las almas, como ocurre no sólo con la del protagonista Michael, a quien podemos ver como un hombre emocionalmente fracasado, sino también en la de la propia Hanna, cuyo sentimiento de orgullo, le impidió durante toda su vida confesar su analfabetismo y escondiéndolo hasta último momento como un pecado inconfesable.

La novela, indudablemente, aborda también otros problemas de conciencia, como el de la responsabilidad individual frente a los crímenes nazis. El autor pareciera dejar flotando la pregunta y la respuesta entre las páginas: ¿la ejecución de los judíos puede entenderse sólo como un deber para los soldados subalternos? ¿pueden quedar libres de culpa quienes fueron mandados a hacerlo? Y en el caso de Hanna, en tanto mujer analfabeta ¿tiene ella la misma responsabilidad que el resto? ¿Hasta qué punto se hace justicia cuando se castiga a quienes no han sido los verdaderos cerebros de los hechos?

Llama la atención la sencillez del relato para llegar a temas tan profundos. La agilidad de la pluma para acotar en breve asuntos importantes. La maestría alemana para acotar la historia sin caer en las clásicas parrafadas farragosas de algunos autores contemporáneos. No cabe dudas que los escritos de este juez escritor, Bernhard Schlink (1944), deben ser también irreprochables, dotados por la claridad de una mente que sabe poner sus ojos en esa verdad que hace al hombre libre.
Miguel de Loyola. Santiago, Chile.

lunes, julio 07, 2008

Muletillas: "Todo un cuento"


Una de las muletillas curiosas adoptadas por los chilenos en los últimos tiempos, es decir -a propósito de cualquier cosa- “todo un cuento”. La repiten tanto los jóvenes como los adultos en sus conversaciones diarias. Lo interesante del fenómeno lingüístico es que resulta un modismo tendiente a reducir el habla a las mínimas palabras. Cuando alguien no quiere describir lo que está contando, reduce con esta expresión los pormenores de una situación. Sin embargo, con ello privamos a nuestro interlocutor de entender lo que se nos quiere decir en concreto, apelando de esta manera a algo que se da por sobre entendido. Lo que, por cierto, está lejos de serlo realmente. La reducción del idioma a frases como estas, limita la comunicación y, sin duda, pone en evidencia la escasez de vocabulario del hablante. En Chile, en los últimos años caminamos hacia un lenguaje minimalista que nos aleja de la comunicación entre las personas. Esta parece ser una característica del chileno de nuestro tiempo. Lo curioso es que los españoles, a quienes les debemos la lengua, no van por el mismo camino que nosotros. Ellos siguen haciendo uso del castellano con todas sus variantes y riqueza de vocabulario. Basta con escuchar en un canal español hablar, no sólo a los intelectuales, si no también al hombre corriente, para captar la diferencia en el uso del lenguaje. Ellos se explayan largamente sobre cualquier tema, describiendo al detalle lo que se les pregunta o lo que por sí mismos cuentan. En cambio nosotros, nos hemos acostumbrado a expresarnos mediante monosílabos, o bien con frases en que se da por sobre entendido algo que está lejos de serlo. Cuando en casa le preguntamos a nuestros hijos qué tal estuvo la fiesta, el paseo, el partido, etc., nos entregan mediante este tipo de alocuciones sus vivencias. Y nosotros, por lo pronto, a su vez tendemos a hacer lo mismo. Es decir, a contar lo menos posible diciendo a modo de colofón “todo un cuento”. Pero resulta que con ello no hemos dicho absolutamente nada. Sólo hemos expresado el estado de apatía que nos caracteriza hoy por hoy como pueblo. Quizá, para salir de ese estado, necesitamos contar y que nos cuenten el “cuento” completo, a la manera cómo solían hacerlo nuestras abuelas junto al brasero.

jueves, junio 12, 2008

Humillados y Ofendidos, de Fedor Dostoievsky




En Humillados y ofendidos, la relación amorosa que nos entrega de primera mano el narrador, no deja de sorprender otra vez por la introspección de esa conciencia culposa que el novelista hace con sus personajes. Vania (Iván Petróvich), escritor y narrador de la historia, nos introduce en la problemática que lo afecta por causa del noviazgo entre Alioscha y Natascha, de quien él también está enamorado desde hace muchos años. Se produce así un triángulo en el cual Vania servirá de paño de lágrimas a Natascha y también por momentos al propio Alioscha. Conmueve, naturalmente, la lealtad de Vania para con ambos, al extremo que a ratos resulta difícil comprender la grandeza de su espíritu para no despreciar a su rival y permanecer fiel a la amistad.

Por momentos a este lector le gustaría saber si los personajes responden al estereotipo del hombre ruso de aquella época, o si se trata sólo de una idealización del espíritu humano. Hoy, es posible que algún crítico pudiera catalogar a los personajes de Dostoievski como naif, por su incipiente ingenuidad. El candor deslumbra en contraste, por ejemplo, con la oscuridad del alma de los personajes de la novela actual. No sabemos si se trata de mera ingenuidad por parte del propio escritor, o bien de una espiritualidad excepcional del alma del pueblo ruso.

Sin embargo, Dostoievski, así como es capaz de exponer los reticulados más sutiles de la bondad, también pone en el mismo escenario el contraste, la antítesis del bien, personificado en Humillados y ofendidos en la personalidad del príncipe Piotr Aleksándrovich, hombre puramente racional, capaz de poner en movimiento los engranajes necesarios para conseguir sus ruines propósitos.

Quizá la gran tesis de fondo que esconden las novelas del eximio novelista ruso, sea el enfrentamiento entre la razón y el sentimiento (afectividad). Dos fuerzas antagónicas que, como sabemos, cohabitan un mismo espacio: mente o espíritu. La primera representada en sus novelas por los hombres poderosos; y la segunda, por los humillados y ofendidos. Aquellos seres que no por causa del temor no enfrentan al más fuerte, sino por una cuestión moral que les impide el enfrentamiento y prefieren la humillación, despreciando el poder y la fortuna terrenal. Se trata de una pugna entre pragmatismo e idealismo, un motivo constante en la literatura. Sin embargo, lo más notable en su estilo -y acaso allí radica la mayor potencia literaria de un creador- es que la posible victoria entre ambas fuerzas, queda enteramente a juicio del lector, en tanto se identifique con alguna, apelando así a su propia conciencia, al traspasar la pregunta, la inquietud, y el veredicto (sentencia), al interior de la conciencia lectora.

No se puede dejar de mencionar la profunda visión cristiana que fundamenta la entereza espiritual de los personajes "inferiores" de sus obras. Ellos encarnan al hombre creyente que lo espera todo de la otra vida, hasta el castigo para los malvados. Están seguros que la justicia vendrá de arriba, una vez que se haya pasado el umbral de la muerte.

La novela es una pregunta, más que una respuesta. Una pregunta que se inserta como una saeta en el corazón del lector con el fin de llevarlo a cuestionar su propia existencia. Dostoievski en esta obra como en otras, consigue introducir no una pregunta, sino muchas de índole ontológico y moral. La moral en tanto juez interior, censor que oscila de un ser a otro, y que sólo una sociedad justa puede prodigar como agente unificador de las conciencias. De allí la conciencia culposa que arrastran sus personajes, condenándose ellos mismos al castigo. Otro motivo fundamental en la literatura de Dostoievski.

Natascha, la heroína, ha dejado a sus padres (Nikolai Serguieyich y Anna Andréyevna) para irse con Alioscha bajo la promesa de casamiento. Boda que no llegará a realizarse, por causa de la presión ejercida por el príncipe, padre de Alioscha, quien busca vincular a su hijo con una mujer de la alta sociedad y con dote suficiente para enriquecerse. Así, su hijo se casará finalmente con Katia, y Natascha regresará a su hogar deshonrada y pidiendo la clemencia de su padre por haberlos abandonado. Paralelamente, el narrador testigo de los acontecimientos, recoge a una huérfana (Nelly), que a la postre terminará siendo una hija legítima del príncipe pero no reconocida, con una mujer a quien en el pasado abandonó después de robarle su herencia. Es decir, los hilos se van uniendo para configurar una trama perfectamente hilada, tendiente a mostrar la vileza de unos y la bondad de otros.

Humillados y ofendidos se abre a los ojos del lector con un narrador protagonista semejante al de la novela actual, para luego entrar en los diálogos que caracterizan las obras de Dostoievski, donde los personajes conversan absolutamente todo, revelando un grado de comunicación e intimidad impresionante. Asunto que nos gustaría saber si se corresponde con la época y con la sociedad rusa de entonces. Las confidencias del alma entre unos y otros, alcanzan el carácter del psicoanálisis. Y la intimidad y compenetración de la pareja humana parece idílica. El encuentro perfecto entre almas gemelas. Contrastando, naturalmente, con el desencuentro permanente que padecen las parejas en el mundo moderno.

lunes, mayo 26, 2008

El mochilero





Todo comenzó como en las buenas películas, apenas me bajé del camión, ya tenía un harem de mujeres a mis pies. Por supuesto no precisamente allí, sino un poco más allá, allí frente a la plaza, donde había mucha agitación en torno a un escenario improvisado, demasiadas cabelleras llamativas, negras, rubias, colorinas, castañas; demasiados cuerpos femeninos con bluyines apretados; risas, música, onda en definitiva. Gran bailoteo gran, calculé de inmediato, y con lo que me gustan los bailoteos, parezco mono porfiado, me tienen que sosegar a palos cuando me da por bailar. Una vez estuve bailando hasta que se acabó la noche, la reventó la luz del día de un solo cuete. Un Año Nuevo creo que fue.

La llegada al pueblo había sido providencial. Le di el correspondiente millón de gracias al chofer cuando me bajé, para luego zambullirme ansioso en medio del gentío agolpado en torno al escenario. El tipo se pasó de buena gente conmigo, poco más y me invita a su casa a cenar. Pero la música era cosa seria en ese preciso momento, se colaba por todos los agujeros de la piel, electrizando cada nervio, cada minúsculo reticulado de mi ser. Al menos así la he sentido siempre, especialmente cuando es en vivo, como se daba el caso. Podía ver desde allí el deslumbrar de las guitarras eléctricas, el resplandor de los platillos tras cada chasquido de la plumilla marcando el ritmo, las manos de ágiles del organista sobre su instrumento, el juego de luces multicolores proyectadas sobre el gentío, las gesticulaciones aparatosas del cantante, las expresiones vivas del público…

No lo pensé más: mochila al hombro encaminé mis pasos hacia la muchedumbre, y como un cuchillo fui abriéndome paso en medio del gentío hasta ubicarme lo más cerca posible de la orquesta. Desde allí, pegado a los bafles igual como una lapa a las rocas de los arrecifes, pude hacerme una idea todavía más alucinante del panorama. Había mujeres para regodearse. Lolas, lolitas, cabritas ricas para todos los gustos. Algunas bailaban solas, otras más tímidas, movían solapadamente sus pies, sus rostros juveniles eran pura Bilz y Pap, esbozando sonrisas para exportar hacia todos los rincones lúgubres del hemisferio. Desde allí, mientras fumaba y echaba humo a bocanadas como una vieja locomotora a carbón, estas pupilas que siempre han sido una parte independiente de mí, fueron a dar de golpe con una muchacha única en el planeta, ubicada en un extremo opuesto al mío. Allí, estas pupilas se detuvieron por segundos que se fueron prolongando en lapsos temporales cada vez mayores, extasiadas frente a una mujer que más bien parecía producto de una aparición. Y en la medida que avanzaba el tiempo, comenzaba a encontrarla más atractiva, seductora, irresistible. Así me fue entrando el amor como con jeringa, poco a poco y hasta la última gota. ¡Mijita rica! Alguien me lo estaba gritando por dentro, ¡Mijita rica!, al mismo tiempo que comenzaba a sentir esa especie de frustración inicial que uno suele experimentar frente a una mujer atractiva, sobre todo cuando uno no la conoce y surge la necesidad de conocerla a toda costa, de saber por qué está ahí, cual es su nombre, de dónde viene y todas esas interrogantes en alerta junto a la ansiedad del deseo. Eso ocurre conmigo, y, palabra, no soy un psicópata ni nada por el estilo. Simplemente, me enloquece la belleza, me acelera el pulso y siento la furia del tambor ancestral retumbando en las paredes del corazón.

Permanecí mirándola durante media hora por lo menos, con la pupila encima, pegada a ella como una cámara indiscreta. Seguro que todo ese largo rato me odió a muerte, como suelen odiar las mujeres cuando un desconocido las observa a la distancia, sin atreverse a hacer un gesto de rechazo. A menos que se trate de una mina demasiado desenvuelta, de esas que son capaces de poner colorado al mismo James Bond. Pero no es el caso. Aquí es más bien difícil encontrar una mujer con ese pedazo de personalidad de las mujeres del cine, a menos que se trate de una chica de la noche, acostumbrada a los juegos alambicados de las amantes pagadas. Ella bajaba la mirada mientras la observaba, aunque a ratos respondía con un ligero parpadeo, invitándome a seguir con el jueguito. El cual es harto entretenido, entre paréntesis. Uno mira, y la otra persona se esconde bajo los párpados, uno deja de mirarla, y sus pupilas vuelven a asomar para mirarnos, y así...hasta llegar a cien, hasta el preciso momento en que uno no sabe qué hacer frente a esa situación provocada por uno mismo…, y en parte quiere huir y en parte quiere finiquitar el asunto, concretar el flechazo con una palabra, con un gesto, con lo primero que nos salga de manera natural.

Había tanta juventud reunida allí, que uno se sentía dichoso de pertenecer a esa especie de cofradía, a ese círculo cerrado, repleto de simbologías propias a una edad, a esa misma edad que tenía yo, y estaba presto a aprovecharla, a sacarle la última gota de jugo antes que la vejez se desplomara sobre mí. La colección de insignias que traía pegada a la mochila, podía ser una buena evidencia de ello, al menos había sido mi intención al comprarlas una a una en cada pueblo que recorriera durante ese largo verano del 75, como una forma de sentirme más seguro entre mis amigos cuando regresara a la capital. Ninguno podría creer mucho la gracia, la mayoría son unos escépticos. Se las dan de hombres los compadres y no son capaces de desprenderse de las faldas de mamá. Ninguno me había querido acompañar ese verano y por eso andaba solo por los caminos del sur, en un diálogo permanente conmigo mismo, con aquel sujeto atrapado en las paredes de un yo infinito, imposible de atrapar con cuatro palabras, y con el cuál no terminaba nunca de discutir cualquier asunto, mejor me voy por aquí, no, toma esta vía, decía el otro, y así nos llevábamos…

- ¿Quieres bailar?

Cara de palo me había acercado a la rubia para invitarla a bailar. Frente a frente, su belleza se alzó más aún, como esos globos aerostáticos cuando sueltan sus bolsas de arena para tomar altura. Pero no por ello me pareció en ese momento inalcanzable, por el contrario, pareciera que a uno le gusta todo lo que está por sobre nuestra cabeza, para emprender también la correspondiente ascensión al cielo...

Estuvimos bailando cerca de media hora y todavía me pareció demasiado poco. Mudos, sobrellevados por los excitantes ritmos de la música, bastante cohibidos en un principio, sin encontrar todavía el lenguaje preciso para comenzar a hablar. Bastaba con la música, ella contenía todas las palabras, todas las emociones de ese momento. Ni siquiera sabía tu nombre, tampoco tú el mío, entonces no existía mejor manera de conocernos que a través de la música, de mis movimientos coléricos, entrecortados, robotizados, en contraste con esos deliciosos desplazamientos tuyos, pero ambos con esa alegría natural irradiada por nuestros cuerpos juveniles. Había recorrido la mitad del país ese verano a dedo, y, por supuesto, tenía mucho que contar, pero no en ese mismo momento, claro. La irradiación de tu piel resultaba bastante más atractiva que esas aventuras y peripecias a dedo por los lagos del sur.

La llegada a ese pueblo perdido entre los cerros fue lo bastante agradable como para echar raíces por un tiempo allí. Acompañé a media noche a la rubia hasta su casa, sin antes fijar una cita concreta para el día siguiente. Al medio día, dijo, al medio día en la playa Los Gringos nos vemos Martín. Por supuesto, tuve que mentir un poco y decirle que venía a casa de unos tíos a pasar unos días. Seguro que si le contaba la verdad, el posible romance no tendría mucho futuro. Uno no puede dejar del todo su vanidad cuando conoce a una mujer hermosa. No podías decirle: mira Valentina -porque ese era su nombre- la verdad es que no tengo donde dormir esta noche, y, lo más probable es que en un rato más baje a la playa a estirar los huesos sobre la arena. Acabo de llegar en un camión al cual subí después de hacerle dedo a otros tantos que me dejaron tirado en medio de la carretera. Claro, no podías decirle eso Martín, a menos que le hubieras dado ya un beso. Tu sabes, las mujeres cuando aman, cuando se sienten atraídas, suelen olvidarlo todo, incluso que su amante sea un atorrante, como era el caso. Y vaya si no me sentí un atorrante esa noche frente a su casa de veraneo, donde a la luz de los faroles brillaban los techos acerados de tres automóviles último modelo.

Nos besamos en la mejilla al despedirnos. La tomé de la cintura al besarla y sentí la sensación que nada podía haber en el mundo más excitante. Su piel parecía allí tan suave y firme que daban deseos de mascarla.

Cuando quedé solo, caminé largo rato por las calles del pueblo, como una forma de apropiarme de sus espacios, de sus veredas angostas y altas, de esas casas en su mayoría de adobe pareadas unas a otras a lo largo de las calles desoladas, por donde silbaba a ratos el viento nocturno proveniente del río que bajaba por un costado.

Luego de dar varias vueltas y quedar lo suficientemente orientado para moverme el día siguiente como Pedro por su casa en esa ciudad con río y mar, me dirigí a la playa, donde extendí mi saco de dormir frente al rumor infatigable de las olas del océano Pacífico, que venían y se iban frenéticas, recogiéndose como lenguas blancas, y me entregué al sueño, entusiasmado con la idea de despertar temprano al día siguiente para volverla a ver.




* * * * *

martes, abril 29, 2008

del libro: Cuentos del Maule



El gringo enamorado.

Humberto Miller llegó con la cuadrilla que vino a instalar las cañerías para el agua potable. Después, echó raíces en el pueblo. Se enamoró de Aurora, la hija mayor del viejo Aníbal, dueño del único almacén existente en diez kilómetros a la redonda. La muchacha tenía unos ojos negros penetrantes, clavaban igual que las espinas de los nardos. En el pequeño poblado era la estrella, como lo son algunas mujeres en el cine. Cada vez que salía de su casa cargando los baldes de aluminio en busca de agua al pozo, no le faltaba el ayudante. Los hombres corrían a socorrerla, cualquiera fuera el requerimiento. A los dieciséis años, ya había aprendido a sacarle algún partido a las miradas masculinas.

Esa mañana la cuadrilla de trabajadores se encontraba arriba del camión con sus cachivaches amontonados junto a la baranda, cuando Aurora apareció gritando a viva voz, y en medio de las risotadas de los trabajadores, que el Gringo -porque así lo llamaban sus amigos de faena en directa alusión al color de su pelo- no podía irse con ellos. Que no podía largarse así no más, gritaba, porque un hijo suyo esperaba ella.

Cuando los hombres oyeron eso, dejaron de reír. Entonces el silencio se apoderó del camino, como suele hacerlo también la noche, antes que la luna vuelva a alumbrar los campos con su luz de alerta. Al poco rato después, uno de los tipos gritó con voz irónica que se bajara luego el papi, y las risotadas destempladas de los trabajadores volvieron a invadir la atmósfera, aventadas por el comentario.

Sin embargo, el Gringo no se bajó, permaneció inmovilizado en una esquina junto a la baranda, con los ojos semicerrados. Acaso pensando acerca del futuro de su existencia, en tanto resbalaban de su frente algunos goterones de sudor espeso, escurriéndose poco a poco por entre los pelos de su barba colorina.

El sol había amanecido picando esa mañana, y a ratos, restañaba con mayor fuerza su látigo amarillo sobre los cuerpos robustos de los hombres de overol, apiñados en la tolva junto a la cabina.

Algunos de sus compañeros miraron al Gringo con cierta complicidad picarona, dibujada en sus rostros toscos y sudorosos. Los más, en tanto, volvieron sus pupilas inquisitivas directamente a la mujer, hacia el cuerpo de la morena, a sus piernas barnizadas con el tono propio de la juventud, a sus pechos maduros, como bien los podían observar desde arriba del camión.

Miller esperó a que el vehículo estuviera en marcha para dar el salto definitivo a tierra, arrastrando sus bártulos. Un morral donde no cabían más cosas que una muda de ropa, un tenedor, una cuchara, un tazón de lata para el café, un plato hondo también de lata, machacado por los golpes de la vida, además del cortaplumas que llevaba siempre al cinto, enfundado en una pequeña cartuchera de cuero, constituían el grueso de su equipaje. Las frazadas y el jergón donde había dormido, durante el tiempo que tardaron las faenas para dotar de agua potable al pueblo, pertenecían a la empresa, y por lo tanto se fueron en el camión rumbo a otros pueblos semejantes a ese, perdidos entre los cerros de la cordillera de la costa.

La mujer se tiró a sus brazos apenas el Gringo pisó tierra firme con sus bototos gruesos, mientras sus compañeros se alejaban en el camión aplaudiendo, entre risotadas y gritos de alegría, hasta que la nube de polvo levantada por el pesado vehículo al rodar por el camino de tierra suelta, terminó de bajar el telón de un mundo que se cerraba, en tanto comenzaba a abrirse otro.

Miller la tomó del brazo, y se encaminó con ella hacia la sombra frondosa de los olmos a un costado del camino. Se habían conocido una tarde en que Aurora bajaba por la ladera del cerro en busca de agua. El Gringo, en ese momento, se hallaba al otro lado de la quebrada, instalando los tubos de plástico que traerían después el agua limpia a las casas del poblado. La observó como un viejo animal de caza durante su largo recorrido hasta el pozo, y cuando Aurora se encontraba abajo de la quebrada, llenando los baldes con agua, se le apareció sonriendo, por detrás de unos matorrales. Le ofreció ayudarla con los baldes, pero Aurora mirándolo con sus ojos negros encendidos, le dijo que para eso había venido con Manuel, un muchachón de unos diecisiete años que se encontraba con ella, a quien Miller deliberadamente hasta ese momento había ignorado.

Desde ese día, sus pupilas azules seguían cada uno de los pasos de Aurora durante el recorrido en busca del agua, la cual manaba a borbotones desde el fondo de la quebrada. Parapetado como un cóndor sobre la colina, conectando allí la distintas cañerías del agua para las casas, el Gringo disfrutaba al verla bajar, y luego subir cimbrando su cuerpo de hembra joven por la ladera del cerro.

Aurora también comenzó a requerir agua con mayor frecuencia, y bajaba con los baldes ya no dos veces al día, sino cuatro y cinco también, mirando siempre de reojo hacia el otro extremo de la quebrada.

La muchacha bajaba sabiéndose observada por esas pupilas del color del cielo. Cada día bajaba con más cuidado, midiendo sus movimientos, mostrándose poco a poco de perfil, o de frente a esa cámara que sabía la seguía lentamente desde el lado opuesto de la ladera. Hasta que una tarde le sonrió, le mostró su dentadura blanca. Y el Gringo en respuesta, primero le silbó melodiosamente, y luego gritó sin más: ¡Aurora!. Y su nombre pronunciado por esa voz inconfundible, retumbó en la quebrada produciendo ecos que se grabaron a fuego en alguna ranura de su corazón.

Al día siguiente, en vista que la viera sola, sin la compañía de los jotes del pueblo que la acosaban con las mismas ansias que él, Miller bajaría hasta el pozo para ayudarla a llenar los baldes. Aurora lo dejó hacer, esbozando una sonrisa que a él le produjo escalofríos de placer. El rictus de su boca invitaba al beso, pero Miller se contuvo.

Subieron juntos en silencio hasta la casa de Aurora. Humberto Miller cargando los baldes, y ella sonriendo, sonriendo junto al hombre de pelo amarillo, de brazos musculosos, y de una estatura bastante más elevada al común de los hombres de la región.

Por la tarde ella volvió a bajar sola otra vez con los baldes, y el Gringo llegó al unísono para ayudarla. Después, subieron juntos otra vez, intercambiando una que otra palabra. Pero sobre todo mirándose, y sintiendo la proximidad de sus cuerpos mientras subían.

Sin embargo, al día siguiente, Aurora no bajó por agua. Lo hizo el mocetón amigo suyo que solía acompañarla otras veces. Las pupilas azules del Gringo, aquel día se fueron destiñendo poco a poco junto con el caer de los velos2 de la tarde. Por la noche se enteraría, a través de uno de sus compinches de faena, que el padre de la muchacha había terminado finalmente de darse cuenta, de la presencia peligrosa de los trabajadores del agua potable en el cerro.

Al día siguiente, Miller apareció a la hora del ocaso en el almacén del viejo Aníbal, con el pretexto de comprar pilsener y harina tostada para la chupilca. El viejo lo atendió con la cortesía con que solía atender a sus clientes, sin sospechar que los ojos del afuerino andaban por allí en busca de otra presa. Después, aprovechó de hacerle algunas preguntas, relativas al asunto del agua potable, que lo tenían bastante atorado por esos días. Concretamente, le preguntó por los costos, los costos que tendría el uso del agua para cada familia, y si esa agua se podría beber lo mismo que la del pozo.

Humberto Miller, sintiéndose animado por el viejo, aprovechó también de estirar la conversación como lo hacía con las cañerías en el cerro, todos los metros posibles. Y estuvo parloteando con el anciano por más de una hora y media sobre el asunto del agua, hablándole de los múltiples beneficios de contar con una llave con agua potable en cualquier punto de la casa. También se ofreció para hacerle la instalación interior, una vez ya instalado el medidor afuera; aunque mirando siempre de reojo hacia la cortina de género que separaba el almacén de la casa, y sintiendo en todo momento la presencia de Aurora detrás de esa cortina.

El lunes siguiente, Aurora volvió a bajar temprano al pozo, y esta vez el Gringo, le comentó que la había descubierto espiándolo por detrás de la cortina del almacén la noche reciente. Aurora se ruborizó, y luego sonrió de una manera que el Gringo, por puro instinto, supo que llegaba el momento de avanzar hasta el beso. Así que la atrajo hasta su pecho para abrazarla y besarla en la boca, sin que Aurora alcanzara a decir palabra.

Por la noche, se reunieron allí mismo a conversar, pero después de un rato, subieron abrazados hasta lo alto del cerro, donde terminaron de perderse en el bosque perfumado de eucaliptos, que se transformaría durante las dos semanas siguientes en un tálamo perfecto, apenas iluminado por la pálida luz de la luna, que caía oblicua por entre los árboles, en suaves cascadas fosforescentes.

Ahora, después de veinticinco años, Aurora salía a despedirlo definitivamente. El cuerpo del Gringo se hallaba metido en el ataúd de color negro que descansaba sobre la carreta. Nadie lograba comprender cómo ni por qué se había muerto. Durante esos años, había sido siempre un hombre de una salud de fierro, de unos brazos fuertes para resistir el duro trabajo en el aserradero, donde le correspondía cargar uno a uno los pesados cuartones a la salida de la sierra.

Algunos comentaban que se había muerto de un infarto cardíaco, por causa del peso de esos enormes troncos que debía cargar sobre sus hombros. Otros, en cambio, hablaban que lo había partido el hacha del vino. También algunas mujeres culpaban a la viuda. Reclamaban... que Aurora lo había mantenido durante esos veinte años siempre en celo, porque otra mujer al Gringo no le conoció nadie por esas lejanas tierras.