miércoles, agosto 03, 2011

Del libro: Esa vieja nostalgia


Cuento: Premio "Hincha del Año"


Los comentaristas lo tenían claramente identificado. Y ese domingo, una vez terminado el partido y entregada la copa al equipo vencedor del torneo, le darían el premio "Hincha del año", dotado de una suma importante de dinero en efectivo, además de algunas entradas para los partidos de la competencia siguiente. Sabían que el hincha en cuestión se ubicaba en la galería norte del estadio, justo tres gradas por encima del arco. Los de la galería lo llamaban "Cara de Citroneta" toda vez que se referían a él. Se trataba de un personaje entre los muchos que suelen rondar con frecuencia los estadios. Además, ahora sabían que su asistencia a los partidos de Colo Colo, y a las presentaciones de la Roja, constituía un record. En veinte años, el tipo no había fallado a ninguna fecha.


El hincha en cuestión usaba lentes, lentes tipo poto de botella. Signo evidente de una miopía extrema. Aunque algo exagerada por esos marcos de plástico color café. Anticuados, pasados de moda, y los que sin duda eran los mayores responsables del apodo. Algunos de los periodistas deportivos apostados en las casetas, entre bromas y risas, aseguraban que el Cara de Citroneta apenas podía ver con ellos las jugadas del arco que tenía en frente, y que el resto del partido le quedaba solo para la pura imaginación, alimentada por la correspondiente voz del relator desde la portátil que llevaba siempre encajada en el bolsillo de la chaqueta. Una radio anacrónica como los lentes, con un audífono blanco que acostumbraba a mantener soldado a su oreja izquierda durante los partidos, conformaba parte característica de su indumentaria de hincha deportivo.

-Es el primero en llegar y el último en retirarse del estadio-. Eso ahora estaba absolutamente comprobado, luego de estudiar sus movimientos con motivo del premio en cuestión en los diversos videos archivados por las cámaras que cubrían partido a partido la conducta de las barras. El Cara de Citroneta aparecía en todos los videos cuando la filmadora avanzaba por el sector más populoso de la galería, mostrando un rostro de iluminado, concentrado en el juego y en ningún caso en el movimiento de las cámaras.

Se sabía también que más de alguna vez al tipo lo habían asaltado allí mismo en las graderías una vez terminado el partido, arrebatándole la portátil, el reloj, la chaqueta, y el poco dinero que regularmente llevaba encima. En una oportunidad los antisociales lo despojaron hasta de los lentes. Pero no por eso se intimidaba y dejaba de estar presente en la siguiente jornada deportiva. Su fanatismo lo llevaba nuevamente a presentarse con las mismas esperanzas de ver ganar a su equipo. Eso lo sabían ahora los periodistas y algunos, sensibles hombres de la farándula deportiva, lo sabían hasta las mismas lágrimas. Se hallaban emocionados con su historia. Ya no les cabía duda que la mayor pasión de aquel hombre la constituía el fútbol, que vivía en función de él lo mismo que ellos. Con la diferencia que con esa pasión ellos se ganaban la vida, en cambio al Cara de Citroneta le costaba sus buenos pesos de sus menguados bolsillos de obrero metalúrgico.

Al principio, Clara, su mujer, cuando apenas llevaban algunos años de matrimonio, no soportaba esa afición de su marido, la odiaba como se odia a una rival, con celos, naturalmente. Sentía que le robaba tiempo para estar juntos. Después, con lo años, no hallaba la hora que llegara el fin de semana para que Rafael, Rafael Peralta, que así se llamaba el hincha en cuestión, se fuera de un vez por todas a su fútbol, liberándola de su compañía, la que con los años comenzaba a encontrar cada vez más aburrida. Las veces que Rafael se estaba en casa, no hacía otra cosa que andar pendiente de los partidos que pasaban por la televisión, o si no de los comentarios deportivos insertos en los noticieros. Asunto que a ella le molestaban bastante más que el hecho de saber que se hallaba en el estadio, pegado a su transistor, distante y ajeno, en definitiva.

Ese domingo, Rafael se encontraba en su puesto habitual en las graderías desde alrededor de las tres de la tarde. A pesar de la lluvia torrencial que se estaba derramando sobre la ciudad, no se había movido ni se movería por un momento de su sitio. Por la radio dudaban que el partido se jugara realmente debido a la intensidad inusitada de la lluvia. No obstante, Rafael permanecía inmutable bajo el aguacero como buen hijo del sur de Chile. Ese domingo se disputaba la final del torneo, se terminaba la temporada y quería ver a los muchachos por última vez antes que se fueran de vacaciones. Sabía que acostumbraban a despedirse de la hinchada toda vez que terminaba el torneo y con mayor razón aún cuando lo ganaban. Resultado que el Cara de Citroneta lo daba por sentado. Además, lo motivaba la posibilidad, según le habían prometido, de pasar al otro lado de la reja que separaba la cancha de las graderías para darle la mano sino a Chamaco, al mismo Caszely en persona, sus máximos ídolos deportivos del ámbito local. Las paredes de su pieza las tenía forradas con fotos de estos dos grandes jugadores. Nunca en toda su vida de espectador deportivo había visto a una dupla más perfecta. A Chamaco lo consideraba inigualable al momento de dar un pase, porque sabía hacerlo con maestría que denotaba clase, anticipo, visión de juego, ni corto ni pasado, sino proyectando desde ya la jugada siguiente. El chino Caszely, a su vez, a la hora de entrar al área chica con la pelota en los pies, tampoco fallaba nunca. Terminaba metiéndola al fondo de la red con la maestría inigualable de los verdaderos ases del fútbol.

A pesar de la lluvia, de las dudas esparcidas a través de las emisoras por los comentaristas que el partido posiblemente se suspendería, el estadio comenzó a llenarse pasadas las cinco de la tarde. La galería se colmó de pronto de asistentes. Y Rafael quedó en medio de un millar de personas, convertido otra vez en un hombre masa, tragado por la compacta multitud. Después, fueron llenándose las tribunas Andes y Pacífico, hasta que a las siete -hora en que estaba fijado el comienzo del encuentro- no cabía un alfiler en el estadio.

-¡Sesenta mil personas!, ¡sesenta mil personas en el Nacional! -vociferaban por las distintas emisoras los locutores a voz en cuello, en medio de avisos comerciales, bromas y comentarios varios. El corazón de Peralta comenzaba a levantar revoluciones hasta alcanzar grados evidentes de taquicardia. La expectación reinante estaba conformando poco a poco un solo cuerpo en el estadio. Un cuerpo de gigante que se agitaba constantemente como un bandoneón. Los vítores de las barras se sucedían uno tras otro, con estruendos de bombos, trompetas, platillos, pitos y silbidos. Rafael rara vez se sumaba a los gritos de las barras, pero esta vez lo hizo, incluso se paró de su asiento, y como regularmente lo hacían otros, se subió también arriba del banco cuando finalmente salió Colo Colo de los camarines al trote, luciendo la inconfundible casaquilla con la insignia del gran cacique araucano estampada en el pecho. Los banderines flamearon al viento junto con el himno del club. Rafael volvió a sentir la presencia de sus antepasados en esos hombres que los representaban. Las trutrucas tronaron en la galería junto al tam tam intermitente de los tambores nativos invocando a dioses ancestrales.

El partido comenzó con el pitazo de rigor dado por el árbitro en el círculo central. A la media hora de juego, Colo Colo iba uno a cero arriba en la cuenta, con pase de Chamaco y gol de Caszely. Un clásico que se repetía en los encuentros. Las galerías rugían como leones embravecidos en medio de esa selva incendiada por miles de almas gritando.

Al minuto cuarenta y dos, vino el sorpresivo empate de Cobreloa, después de un confuso tiro libre que pasó colado por un espacio abierto dejado por la barrera. El estadio enmudeció por unos segundos tan largos como suele ser el del asombro mismo en su estado más puro y virginal. Después, volvió otra vez a rugir como el animal enjaulado en que se había convertido luego del empate, y lo seguiría siendo hasta la hora del descanso. Los equipos se fueron a los camarines empatados a uno.

En el descanso, Rafael tampoco se movió de su sitio. Rara vez lo hacía, la verdad. Las pocas veces que lo hiciera alguna vez para ir al baño, al regreso se había quedado siempre sin asiento. Esa era una de las pocas cosas que le desagradaban del estadio y acaso una de las razones también por las que deseaba a veces ser un hombre rico, para conseguir un puesto seguro bajo marquesina. No obstante, ese sueño lo veía tan imposible como arrancarle a la noche uno de sus diamantes más puros.

Después de la lluvia, que había cesado repentinamente sin que nadie le diera ninguna importancia al hecho. Comenzó a bajar el frío glaciar, que suele arrinconarse en los lomos de la cordillera para dejarse caer como una bestia polar sobre la ciudad. Así que las ganas de orinar apenas las aguantaba esa tarde Rafael. Pero no estaba dispuesto a quedarse sin asiento para ver la segunda etapa. En ese caso, prefería orinarse allí mismo.

El pitazo del arbitro hizo volver la concentración de los espectadores hacia la cancha otra vez. Los equipos salieron dispuestos a la lucha por conseguir el dominio del balón blanco, y, a los diez minutos, un gol de Caszely desde la boca del arco puso al estadio frenético de felicidad. Rafael pegó un brinco en su sitio. Tronaron las trutrucas y los tambores araucanos. Después todo fue jolgorio, risas, cantos, aplausos, pitos y aullidos. Chamaco volvió a poner una pelota extraordinaria en los pies benditos del Chino, y entró con ella hasta el fondo de la red, dejando al arquero tendido en el suelo como un toro, avergonzado y furibundo después de la última verónica letal. El estadio ardía en pequeñas llamitas que los espectadores fueron encendiendo a modo de antorchas. Era la noche de Chamaco y de Caszely otra vez. La gran despedida decían algunos, porque se rumoreaba que el eximio medio campista no volvería a jugar el próximo campeonato, salvo el partido de su despedida, y por lo tanto Caszely tampoco volvería a ser nunca más el mismo sin su compañía. Pero eran solo rumores. Rumores que no obstante causaban más de alguna aprehensión en el singular corazón de Peralta, que hacía rato por detrás de sus gafas de plástico había comenzado a desprender los goterones propios de la emoción de ver a sus ídolos en toda la magnitud de su potestad.

El partido culminó con las tres cuartas partes del estadio de pie, vitoreando al equipo vencedor. Rafael Peralta aprovechó el minuto justo antes del final, tal y como le había pedido expresamente el periodista, para bajar entre la multitud hasta la reja, a costa de codazos y empujones que le propinaron y propinó a su vez a diestra y siniestra. No obstante, cuando sonó el pitazo final, y los fuegos artificiales reventaron la paz del cielo con sus múltiples luces de colores anunciando el final glorioso, casi ya había conseguido alcanzar la reja. Al otro lado pudo ver al periodista que le había prometido hacerlo pasar al interior del campo esa noche, con el fin de que abrazara a sus ídolos. No obstante, Peralta ignoraba todavía que además le darían un premio.

La vuelta olímpica del equipo vencedor se impuso esa tarde de todas maneras. Y en el momento final en que Colo Colo saludaba a la hinchada de la galería a pecho descubierto, Peralta, embargado por la emoción, tal vez tuvo el vago presentimiento de lo que sería morir de felicidad. El grueso de la muchedumbre se había agolpado frente a la reja gritando y empujando en forma frenética. Querían también saludar a sus ídolos, abrazarlos, besarlos, rendirles el viejo culto del hombre a sus dioses. ¿Cuántas veces no lo había soñado él también? La cámara de televisión que buscaba al ganador del Premio Hincha del año lo encontró por un momento en medio de esa multitud con el rostro risueño, a pesar de la evidente incomodidad en que se hallaba, apretujado entre la masa enfebrecida. No obstante, todavía conservaba los lentes y el audífono. Luego, el video proyecta el desplome repentino y brutal de la reja, con el gentío cayendo como una cascada de cuerpos unos sobre otros.

Quince muertos, treinta y dos heridos graves, cuarenta y cinco lesionados leves, etc... Entre los muertos, Rafael Peralta, escogido por los periodistas deportivos para darle esa noche el premio Hincha del Año.


Miguel de Loyola – Santiago de Chile.


* Cuento publicado en Revista Proa N° 72, año 2008.
* Cuento publicado en el libro Esa vieja nostalgia, 2010.

viernes, junio 05, 2009

Se dice, en las encuestas...


¿Por qué se invierte tanto dinero en encuestas en este país? ¿Quiénes son los reales interesados en los resultados? ¿Alguien se ha preguntado esto alguna vez?

Me temo que pocos se hacen tales preguntas, porque se maneja hoy a las masas al extremo de anular no sólo su pathos de indignación, el cual a estas alturas en un país gobernado por los mismos debiera haber saltado al infinito, sino la personalidad entera. El individuo masa carece de ella, y una prueba son las influencias de las encuestas.

Las encuestas son creadas precisamente para fijar lo que se dice, tan propio y necesario, al decir de Heidegger para saciar la sed del hombre inauténtico, el cual necesita apoyo del se dice para sostener su existencia. Así, se dice que tal o cual candidato es favorito en las encuestas. Se dice que tal o cual libro es el más vendido. Ergo…el mensaje l funciona perfectamente, y la idea cobra valor universal. ¿Acaso la gente no termina votando por quien se dice…?¿ Acaso los compradores de libros no terminan comprando el libro del cual se dice…? Renunciamos así a buscar nuestra propia voz, negamos así nuestra individualidad, cuando no decimos a mí no me consta tal se dice, yo voy a averiguar…Porque el ser inauténtico hace lo que se dice, piensa lo que se piensa, hace lo que se hace, porque vive en un estado de pasividad total frente a su existencia,

Las encuestas son otra herramienta de la publicidad, creada para fomentar en la opinión pública opiniones relativas a la idea u objeto que se busca instalar en el inconciente como necesidad. Lo cual consiguen, por cierto. Por cuanto una vez que arrojan sus resultados, los medios de comunicación hacen la segunda parte, interceptan a las personas preguntándoles que opinan del resultado de dicha encuesta, aunque la tal persona no se haya cuestionado ni tampoco interesado nunca por el contenido de la encuesta. De esta manera consiguen poner en primera plana algo que no tenía como llegar a estarlo.

Santiago de Chile - Miguel de Loyola

miércoles, septiembre 03, 2008

¿Dónde están esas voces de protesta?




“El apoyo estatal a la literatura es la forma estatalmente encubierta de la liquidación estatal de la literatura.”

Estas palabras pronunciadas por el protagonista de la novela Liquidación ,de Irme Kertész. a propósito de su situación particular como editor de una editorial estatal, parecen lo bastante agudas como para sentarse a reflexionar en tornos a sus implicancias. Desde luego, acotan una realidad que no está lejos de la nuestra.

En un país donde las voces de los artistas solían denunciar los problemas sociales, culturales y económicos de la nación, y de pronto éstas se quedan mudas, da mucho qué pensar. Podemos preguntarnos dónde están hoy esas voces, qué ha pasado con aquellos que ayer clamaban por justicia social, equidad, libertad de expresión, educación, mala salud, corrupción, abusos de poder, enquistamiento de la clase gobernante …

¿Qué pasó también con todos esos medios de comunicación que canalizaban esas voces de protesta? ¿Qué pasó con el espíritu crítico de los intelectuales, llamados a ser la conciencia sensible de los pueblos?

Tal vez los dineros otorgados a los artistas a través del Fondo Nacional del libro y de las Artes pueda interpretarse con las palabras de Kértesz. Han sido cientos de miles de millones de pesos los que ha invertido el Estado chileno en el llamado Fondo de las Artes. Ha sido una fortuna nunca antes imaginada la que ha salido de las arcas fiscales en beneficio de los “artistas.”

Y sin embargo….¿existe hoy un solo medio de prensa libre para canalizar de verdad las voces de los artistas? Por poner un hecho concreto, en el caso de la literatura: ¿Existe hoy una sola revista literaria para acoger la necesidad de diálogo entre las obras de los artistas chilenos?

Después de este detonante alojado por Irme Kertész en la conciencia del lector:
¿podemos los escritores seguir viviendo tranquilos?

He ahí una frase digna de un Premio Nóbel de literatura, encierra y da cuenta de una verdad de valor universal ineludible. El arte, nunca ha ido de la mano del oficialismo, el arte es siempre contestatario, corre por una vía sino opuesta, paralela, pero nunca por la misma, de lo contrario, muere, como bien parece ser el caso del nuestro.

Añadamos a nuestro cometario, la opinión de Roberto Bolaño:
“Chile es hoy un país donde ser escritor y ser cursi es casi lo mismo. Los escritores chilenos actuales que están en el hit parade (los narradores y supongo que también los poetas) son muy malos y todo el mundo sabe que son muy malos ( y además de malos: trepas, plagiarios emboscados, tipos capaces de todo por conseguir un trozo de respetabilidad, cuando la verdadera literatura debe alejarse de la respetabilidad), pero nadie lo dice. No sé por qué razón, pero nadie lo dice, al menos no públicamente. Yo espero que los jóvenes que tomen el relevo cambien este panorama tan pacato y provinciano. “ Julio de 2003. Revista electrónica civilcinema. Daniel Villalobos.

miércoles, julio 23, 2008

Bernhard Schlink, El lector.


Un joven narrador en primera persona nos cuenta su vida a partir de sus 15 años, hasta bien entrada la madurez. Michael Berg es todavía un estudiante de secundaria cuando conoce a Hanna Schmitz, mujer de 35 años, quien trabaja en el tranvía y de la cual se enamora a pesar de la diferencia de edad. La relación amorosa entre ambos estará marcada por un hecho muy particular: las lecturas de obras clásicas en voz alta por parte de Michael a pedido de Hanna, quien disfruta mucho oyéndolo leer.

Sin embargo, Hanna desaparece repentinamente de su vida, para luego reaparecer siete años más tarde acusada de haber sido carcelera nazi en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Por entonces Michael está por recibirse de abogado, y asiste a las audiencias de aquel proceso como parte importante para un curso de los últimos años de su carrera. Es allí, donde casualmente vuelve a encontrarla.


Debido a la manera contradictoria de defenderse ante el magistrado, Michael llega al convencimiento de que Hanna es analfabeta, y la vergüenza le impide confesarlo, dejando que el proceso continúe su curso hasta recibir la temible sentencia: cadena perpetua. Tampoco Michael interviene contándole al juez lo que ha descubierto, y guarda ese silencio letal que poco a poco va generando en quien esconde una verdad, el llamado sentimiento de la culpa.

Mientras Hanna padece su condena recluida en la cárcel, Michael comienza a enviarle cintas con grabaciones de lecturas hechas expresamente para ella, reviviendo así esa experiencia de los primeros años y a propósito de su analfabetismo. Pero jamás le habla en ellos algo personal. Tampoco la visitará en su reclusión. Mantiene el riguroso silencio de la cobardía inexplicable, sin poder expresar sus sentimientos frente a la mujer amada.

El fracaso matrimonial de Michael con Gerturd puede entenderse tal vez como una consecuencia de su prematura relación amorosa con Hanna, a quien nunca pudo olvidar, pero tampoco tendrá el valor de asumir como su verdadero amor cuando Hanna está pronta a recuperar su libertad. La noche anterior a ello, inesperadamente Hanna se suicida

Es indudable el interés del autor por tratar aquí el problema de la culpa que arrastran las nuevas generaciones alemanas como otra de las tantas consecuencias psicológicas de la Segunda Guerra Mundial. Pero podemos entender que no sólo aquellas, sino también las de todos los individuos llamados a resolver problemas de conciencia. La novela encarna así un sentimiento universal y puede entenderse como una invitación a preocuparse por la verdad, a atreverse a quebrar ese silencio que termina asfixiando a las almas, como ocurre no sólo con la del protagonista Michael, a quien podemos ver como un hombre emocionalmente fracasado, sino también en la de la propia Hanna, cuyo sentimiento de orgullo, le impidió durante toda su vida confesar su analfabetismo y escondiéndolo hasta último momento como un pecado inconfesable.

La novela, indudablemente, aborda también otros problemas de conciencia, como el de la responsabilidad individual frente a los crímenes nazis. El autor pareciera dejar flotando la pregunta y la respuesta entre las páginas: ¿la ejecución de los judíos puede entenderse sólo como un deber para los soldados subalternos? ¿pueden quedar libres de culpa quienes fueron mandados a hacerlo? Y en el caso de Hanna, en tanto mujer analfabeta ¿tiene ella la misma responsabilidad que el resto? ¿Hasta qué punto se hace justicia cuando se castiga a quienes no han sido los verdaderos cerebros de los hechos?

Llama la atención la sencillez del relato para llegar a temas tan profundos. La agilidad de la pluma para acotar en breve asuntos importantes. La maestría alemana para acotar la historia sin caer en las clásicas parrafadas farragosas de algunos autores contemporáneos. No cabe dudas que los escritos de este juez escritor, Bernhard Schlink (1944), deben ser también irreprochables, dotados por la claridad de una mente que sabe poner sus ojos en esa verdad que hace al hombre libre.
Miguel de Loyola. Santiago, Chile.

lunes, julio 07, 2008

Muletillas: "Todo un cuento"


Una de las muletillas curiosas adoptadas por los chilenos en los últimos tiempos, es decir -a propósito de cualquier cosa- “todo un cuento”. La repiten tanto los jóvenes como los adultos en sus conversaciones diarias. Lo interesante del fenómeno lingüístico es que resulta un modismo tendiente a reducir el habla a las mínimas palabras. Cuando alguien no quiere describir lo que está contando, reduce con esta expresión los pormenores de una situación. Sin embargo, con ello privamos a nuestro interlocutor de entender lo que se nos quiere decir en concreto, apelando de esta manera a algo que se da por sobre entendido. Lo que, por cierto, está lejos de serlo realmente. La reducción del idioma a frases como estas, limita la comunicación y, sin duda, pone en evidencia la escasez de vocabulario del hablante. En Chile, en los últimos años caminamos hacia un lenguaje minimalista que nos aleja de la comunicación entre las personas. Esta parece ser una característica del chileno de nuestro tiempo. Lo curioso es que los españoles, a quienes les debemos la lengua, no van por el mismo camino que nosotros. Ellos siguen haciendo uso del castellano con todas sus variantes y riqueza de vocabulario. Basta con escuchar en un canal español hablar, no sólo a los intelectuales, si no también al hombre corriente, para captar la diferencia en el uso del lenguaje. Ellos se explayan largamente sobre cualquier tema, describiendo al detalle lo que se les pregunta o lo que por sí mismos cuentan. En cambio nosotros, nos hemos acostumbrado a expresarnos mediante monosílabos, o bien con frases en que se da por sobre entendido algo que está lejos de serlo. Cuando en casa le preguntamos a nuestros hijos qué tal estuvo la fiesta, el paseo, el partido, etc., nos entregan mediante este tipo de alocuciones sus vivencias. Y nosotros, por lo pronto, a su vez tendemos a hacer lo mismo. Es decir, a contar lo menos posible diciendo a modo de colofón “todo un cuento”. Pero resulta que con ello no hemos dicho absolutamente nada. Sólo hemos expresado el estado de apatía que nos caracteriza hoy por hoy como pueblo. Quizá, para salir de ese estado, necesitamos contar y que nos cuenten el “cuento” completo, a la manera cómo solían hacerlo nuestras abuelas junto al brasero.

jueves, junio 12, 2008

Humillados y Ofendidos, de Fedor Dostoievsky




En Humillados y ofendidos, la relación amorosa que nos entrega de primera mano el narrador, no deja de sorprender otra vez por la introspección de esa conciencia culposa que el novelista hace con sus personajes. Vania (Iván Petróvich), escritor y narrador de la historia, nos introduce en la problemática que lo afecta por causa del noviazgo entre Alioscha y Natascha, de quien él también está enamorado desde hace muchos años. Se produce así un triángulo en el cual Vania servirá de paño de lágrimas a Natascha y también por momentos al propio Alioscha. Conmueve, naturalmente, la lealtad de Vania para con ambos, al extremo que a ratos resulta difícil comprender la grandeza de su espíritu para no despreciar a su rival y permanecer fiel a la amistad.

Por momentos a este lector le gustaría saber si los personajes responden al estereotipo del hombre ruso de aquella época, o si se trata sólo de una idealización del espíritu humano. Hoy, es posible que algún crítico pudiera catalogar a los personajes de Dostoievski como naif, por su incipiente ingenuidad. El candor deslumbra en contraste, por ejemplo, con la oscuridad del alma de los personajes de la novela actual. No sabemos si se trata de mera ingenuidad por parte del propio escritor, o bien de una espiritualidad excepcional del alma del pueblo ruso.

Sin embargo, Dostoievski, así como es capaz de exponer los reticulados más sutiles de la bondad, también pone en el mismo escenario el contraste, la antítesis del bien, personificado en Humillados y ofendidos en la personalidad del príncipe Piotr Aleksándrovich, hombre puramente racional, capaz de poner en movimiento los engranajes necesarios para conseguir sus ruines propósitos.

Quizá la gran tesis de fondo que esconden las novelas del eximio novelista ruso, sea el enfrentamiento entre la razón y el sentimiento (afectividad). Dos fuerzas antagónicas que, como sabemos, cohabitan un mismo espacio: mente o espíritu. La primera representada en sus novelas por los hombres poderosos; y la segunda, por los humillados y ofendidos. Aquellos seres que no por causa del temor no enfrentan al más fuerte, sino por una cuestión moral que les impide el enfrentamiento y prefieren la humillación, despreciando el poder y la fortuna terrenal. Se trata de una pugna entre pragmatismo e idealismo, un motivo constante en la literatura. Sin embargo, lo más notable en su estilo -y acaso allí radica la mayor potencia literaria de un creador- es que la posible victoria entre ambas fuerzas, queda enteramente a juicio del lector, en tanto se identifique con alguna, apelando así a su propia conciencia, al traspasar la pregunta, la inquietud, y el veredicto (sentencia), al interior de la conciencia lectora.

No se puede dejar de mencionar la profunda visión cristiana que fundamenta la entereza espiritual de los personajes "inferiores" de sus obras. Ellos encarnan al hombre creyente que lo espera todo de la otra vida, hasta el castigo para los malvados. Están seguros que la justicia vendrá de arriba, una vez que se haya pasado el umbral de la muerte.

La novela es una pregunta, más que una respuesta. Una pregunta que se inserta como una saeta en el corazón del lector con el fin de llevarlo a cuestionar su propia existencia. Dostoievski en esta obra como en otras, consigue introducir no una pregunta, sino muchas de índole ontológico y moral. La moral en tanto juez interior, censor que oscila de un ser a otro, y que sólo una sociedad justa puede prodigar como agente unificador de las conciencias. De allí la conciencia culposa que arrastran sus personajes, condenándose ellos mismos al castigo. Otro motivo fundamental en la literatura de Dostoievski.

Natascha, la heroína, ha dejado a sus padres (Nikolai Serguieyich y Anna Andréyevna) para irse con Alioscha bajo la promesa de casamiento. Boda que no llegará a realizarse, por causa de la presión ejercida por el príncipe, padre de Alioscha, quien busca vincular a su hijo con una mujer de la alta sociedad y con dote suficiente para enriquecerse. Así, su hijo se casará finalmente con Katia, y Natascha regresará a su hogar deshonrada y pidiendo la clemencia de su padre por haberlos abandonado. Paralelamente, el narrador testigo de los acontecimientos, recoge a una huérfana (Nelly), que a la postre terminará siendo una hija legítima del príncipe pero no reconocida, con una mujer a quien en el pasado abandonó después de robarle su herencia. Es decir, los hilos se van uniendo para configurar una trama perfectamente hilada, tendiente a mostrar la vileza de unos y la bondad de otros.

Humillados y ofendidos se abre a los ojos del lector con un narrador protagonista semejante al de la novela actual, para luego entrar en los diálogos que caracterizan las obras de Dostoievski, donde los personajes conversan absolutamente todo, revelando un grado de comunicación e intimidad impresionante. Asunto que nos gustaría saber si se corresponde con la época y con la sociedad rusa de entonces. Las confidencias del alma entre unos y otros, alcanzan el carácter del psicoanálisis. Y la intimidad y compenetración de la pareja humana parece idílica. El encuentro perfecto entre almas gemelas. Contrastando, naturalmente, con el desencuentro permanente que padecen las parejas en el mundo moderno.

lunes, mayo 26, 2008

El mochilero





Todo comenzó como en las buenas películas, apenas me bajé del camión, ya tenía un harem de mujeres a mis pies. Por supuesto no precisamente allí, sino un poco más allá, allí frente a la plaza, donde había mucha agitación en torno a un escenario improvisado, demasiadas cabelleras llamativas, negras, rubias, colorinas, castañas; demasiados cuerpos femeninos con bluyines apretados; risas, música, onda en definitiva. Gran bailoteo gran, calculé de inmediato, y con lo que me gustan los bailoteos, parezco mono porfiado, me tienen que sosegar a palos cuando me da por bailar. Una vez estuve bailando hasta que se acabó la noche, la reventó la luz del día de un solo cuete. Un Año Nuevo creo que fue.

La llegada al pueblo había sido providencial. Le di el correspondiente millón de gracias al chofer cuando me bajé, para luego zambullirme ansioso en medio del gentío agolpado en torno al escenario. El tipo se pasó de buena gente conmigo, poco más y me invita a su casa a cenar. Pero la música era cosa seria en ese preciso momento, se colaba por todos los agujeros de la piel, electrizando cada nervio, cada minúsculo reticulado de mi ser. Al menos así la he sentido siempre, especialmente cuando es en vivo, como se daba el caso. Podía ver desde allí el deslumbrar de las guitarras eléctricas, el resplandor de los platillos tras cada chasquido de la plumilla marcando el ritmo, las manos de ágiles del organista sobre su instrumento, el juego de luces multicolores proyectadas sobre el gentío, las gesticulaciones aparatosas del cantante, las expresiones vivas del público…

No lo pensé más: mochila al hombro encaminé mis pasos hacia la muchedumbre, y como un cuchillo fui abriéndome paso en medio del gentío hasta ubicarme lo más cerca posible de la orquesta. Desde allí, pegado a los bafles igual como una lapa a las rocas de los arrecifes, pude hacerme una idea todavía más alucinante del panorama. Había mujeres para regodearse. Lolas, lolitas, cabritas ricas para todos los gustos. Algunas bailaban solas, otras más tímidas, movían solapadamente sus pies, sus rostros juveniles eran pura Bilz y Pap, esbozando sonrisas para exportar hacia todos los rincones lúgubres del hemisferio. Desde allí, mientras fumaba y echaba humo a bocanadas como una vieja locomotora a carbón, estas pupilas que siempre han sido una parte independiente de mí, fueron a dar de golpe con una muchacha única en el planeta, ubicada en un extremo opuesto al mío. Allí, estas pupilas se detuvieron por segundos que se fueron prolongando en lapsos temporales cada vez mayores, extasiadas frente a una mujer que más bien parecía producto de una aparición. Y en la medida que avanzaba el tiempo, comenzaba a encontrarla más atractiva, seductora, irresistible. Así me fue entrando el amor como con jeringa, poco a poco y hasta la última gota. ¡Mijita rica! Alguien me lo estaba gritando por dentro, ¡Mijita rica!, al mismo tiempo que comenzaba a sentir esa especie de frustración inicial que uno suele experimentar frente a una mujer atractiva, sobre todo cuando uno no la conoce y surge la necesidad de conocerla a toda costa, de saber por qué está ahí, cual es su nombre, de dónde viene y todas esas interrogantes en alerta junto a la ansiedad del deseo. Eso ocurre conmigo, y, palabra, no soy un psicópata ni nada por el estilo. Simplemente, me enloquece la belleza, me acelera el pulso y siento la furia del tambor ancestral retumbando en las paredes del corazón.

Permanecí mirándola durante media hora por lo menos, con la pupila encima, pegada a ella como una cámara indiscreta. Seguro que todo ese largo rato me odió a muerte, como suelen odiar las mujeres cuando un desconocido las observa a la distancia, sin atreverse a hacer un gesto de rechazo. A menos que se trate de una mina demasiado desenvuelta, de esas que son capaces de poner colorado al mismo James Bond. Pero no es el caso. Aquí es más bien difícil encontrar una mujer con ese pedazo de personalidad de las mujeres del cine, a menos que se trate de una chica de la noche, acostumbrada a los juegos alambicados de las amantes pagadas. Ella bajaba la mirada mientras la observaba, aunque a ratos respondía con un ligero parpadeo, invitándome a seguir con el jueguito. El cual es harto entretenido, entre paréntesis. Uno mira, y la otra persona se esconde bajo los párpados, uno deja de mirarla, y sus pupilas vuelven a asomar para mirarnos, y así...hasta llegar a cien, hasta el preciso momento en que uno no sabe qué hacer frente a esa situación provocada por uno mismo…, y en parte quiere huir y en parte quiere finiquitar el asunto, concretar el flechazo con una palabra, con un gesto, con lo primero que nos salga de manera natural.

Había tanta juventud reunida allí, que uno se sentía dichoso de pertenecer a esa especie de cofradía, a ese círculo cerrado, repleto de simbologías propias a una edad, a esa misma edad que tenía yo, y estaba presto a aprovecharla, a sacarle la última gota de jugo antes que la vejez se desplomara sobre mí. La colección de insignias que traía pegada a la mochila, podía ser una buena evidencia de ello, al menos había sido mi intención al comprarlas una a una en cada pueblo que recorriera durante ese largo verano del 75, como una forma de sentirme más seguro entre mis amigos cuando regresara a la capital. Ninguno podría creer mucho la gracia, la mayoría son unos escépticos. Se las dan de hombres los compadres y no son capaces de desprenderse de las faldas de mamá. Ninguno me había querido acompañar ese verano y por eso andaba solo por los caminos del sur, en un diálogo permanente conmigo mismo, con aquel sujeto atrapado en las paredes de un yo infinito, imposible de atrapar con cuatro palabras, y con el cuál no terminaba nunca de discutir cualquier asunto, mejor me voy por aquí, no, toma esta vía, decía el otro, y así nos llevábamos…

- ¿Quieres bailar?

Cara de palo me había acercado a la rubia para invitarla a bailar. Frente a frente, su belleza se alzó más aún, como esos globos aerostáticos cuando sueltan sus bolsas de arena para tomar altura. Pero no por ello me pareció en ese momento inalcanzable, por el contrario, pareciera que a uno le gusta todo lo que está por sobre nuestra cabeza, para emprender también la correspondiente ascensión al cielo...

Estuvimos bailando cerca de media hora y todavía me pareció demasiado poco. Mudos, sobrellevados por los excitantes ritmos de la música, bastante cohibidos en un principio, sin encontrar todavía el lenguaje preciso para comenzar a hablar. Bastaba con la música, ella contenía todas las palabras, todas las emociones de ese momento. Ni siquiera sabía tu nombre, tampoco tú el mío, entonces no existía mejor manera de conocernos que a través de la música, de mis movimientos coléricos, entrecortados, robotizados, en contraste con esos deliciosos desplazamientos tuyos, pero ambos con esa alegría natural irradiada por nuestros cuerpos juveniles. Había recorrido la mitad del país ese verano a dedo, y, por supuesto, tenía mucho que contar, pero no en ese mismo momento, claro. La irradiación de tu piel resultaba bastante más atractiva que esas aventuras y peripecias a dedo por los lagos del sur.

La llegada a ese pueblo perdido entre los cerros fue lo bastante agradable como para echar raíces por un tiempo allí. Acompañé a media noche a la rubia hasta su casa, sin antes fijar una cita concreta para el día siguiente. Al medio día, dijo, al medio día en la playa Los Gringos nos vemos Martín. Por supuesto, tuve que mentir un poco y decirle que venía a casa de unos tíos a pasar unos días. Seguro que si le contaba la verdad, el posible romance no tendría mucho futuro. Uno no puede dejar del todo su vanidad cuando conoce a una mujer hermosa. No podías decirle: mira Valentina -porque ese era su nombre- la verdad es que no tengo donde dormir esta noche, y, lo más probable es que en un rato más baje a la playa a estirar los huesos sobre la arena. Acabo de llegar en un camión al cual subí después de hacerle dedo a otros tantos que me dejaron tirado en medio de la carretera. Claro, no podías decirle eso Martín, a menos que le hubieras dado ya un beso. Tu sabes, las mujeres cuando aman, cuando se sienten atraídas, suelen olvidarlo todo, incluso que su amante sea un atorrante, como era el caso. Y vaya si no me sentí un atorrante esa noche frente a su casa de veraneo, donde a la luz de los faroles brillaban los techos acerados de tres automóviles último modelo.

Nos besamos en la mejilla al despedirnos. La tomé de la cintura al besarla y sentí la sensación que nada podía haber en el mundo más excitante. Su piel parecía allí tan suave y firme que daban deseos de mascarla.

Cuando quedé solo, caminé largo rato por las calles del pueblo, como una forma de apropiarme de sus espacios, de sus veredas angostas y altas, de esas casas en su mayoría de adobe pareadas unas a otras a lo largo de las calles desoladas, por donde silbaba a ratos el viento nocturno proveniente del río que bajaba por un costado.

Luego de dar varias vueltas y quedar lo suficientemente orientado para moverme el día siguiente como Pedro por su casa en esa ciudad con río y mar, me dirigí a la playa, donde extendí mi saco de dormir frente al rumor infatigable de las olas del océano Pacífico, que venían y se iban frenéticas, recogiéndose como lenguas blancas, y me entregué al sueño, entusiasmado con la idea de despertar temprano al día siguiente para volverla a ver.




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