La narrativa japonesa se caracteriza por su sencillez, por un lenguaje llano y simple, sin retruécanos ni frases yuxtapuestas. Es un contar una historia simplemente, sin montar un tinglado de rebuscadas peripecias. Hiromi Kawakami sigue la tradición y nos entrega en El cielo es azul, la tierra blanca, una historia fiel a la costumbre de su pueblo, genuinamente luminosa, tal y como suelen serlo también los clásicos kaikus para detallar una experiencia, una emoción, un silencio, un instante en medio del transcurrir del tiempo.
“He recorrido un largo camino,
El frío penetra mi ropa gastada
Esta tarde el cielo está despejado,
¿cómo me duele el corazón!”
Resulta impresionante observar en esta novela cómo la simpleza de la
trama captura de igual modo el interés. Aquí no hay grandes misterios,
turbulencias ni tampoco violencia. Tampoco hay sexo desatado para activar el
morbo natural. Nada de lo que suele haber
en la novela de Occidente para enganchar al lector parece estar aquí presente.
Sin embargo, captura del mismo modo por lo que se cuenta. Asunto que da mucho
que pensar en torno al arte de escribir, en cuanto a las estrategias utilizadas
por un novelista para hipnotizar al
lector. Desde luego, se llega al convencimiento que es la palabra, el uso del
idioma, siempre lo más importante. El uso de las palabras es más
importante que la trama misma, que aquel
tinglado que arman ciertos novelistas a fin de sujetar al lector a como dé lugar.
No es lo que se dice, sino como se dice. Por ahí se atisba una primera
conclusión. Aunque el examen debe ir todavía más allá.
En El cielo es azul, la tierra
blanca, queda demostrado que se puede contar una historia desde la
candidez, lejos de esa oscuridad que suele ser el cebo más usado en la
actualidad para atrapar el interés del lector. Desde luego, esa suele ser la
fórmula más simple.
No olvidemos que lo que llamamos arte narrativo en gran medida consiste en
esa capacidad del novelista de seducir al lector. Y aquí, en esta novela, vemos
que aparentemente no hay artilugios en tal sentido, sino la llaneza pura de
alguien que quiere contarnos su historia, su experiencia, su aventura. Es tal
vez una invitación a contar la propia, a dejar el miedo y a largarse a escribir
cada uno su historia de la manera más sencilla. No hay nadie en el mundo que no
pueda contar su historia de amor. Hiromi Kawakami lo hace sin esfuerzo aparente
alguno, y su historia conmueve, remece, entrega esa candidez tan propia de la
primera juventud que hoy parece haberse difuminado, perdido en el tiempo y el
espacio, pero que es necesario rescatar, del mismo modo como se rescatan los
recuerdos: con nostalgia, con anhelo, con amor.
Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Marzo del 2025
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