La palabra hablada es más difícil de atrapar que la escrita, suele volar, tiene alas, y en cualquier momento sale volando, dejando el diálogo inconcluso, o bien vuelto hacia otros senderos y horizontes que terminan por escindir el hilo de una conversación. En Conversación en el DeSoto, Clemente Riedmann busca atrapar el diálogo entre dos amigos, dos lugareños apodados el Tigre y el Coyote(Leonardo). Lo curioso es que se reúnen en el interior de un viejo automóvil; una reliquia del año 1947, joyita en su tiempo para quienes lo recuerdan. Hoy por cierto un modelo y una marca inexistente en el mercado automovilístico, se la tragó otra más grande por allá por los años 60. No olvidemos eso de: el pez más grande se come al más chico, frase bíblica tan cierta ayer como hoy.
En principio, ambos individuos
conversan sobre temas de actualidad, sobre aquellos que circulan en el
ambiente, pero también en el inconsciente colectivo de una comunidad, la
chilena, por supuesto. No cabe duda que a Riedmann le preocupan los problemas
de su época, aunque sin perder el interés por el pasado, como bien lo demuestra
esa colección de automóviles viejos que conserva en aquel garaje donde conversan.
Cacharros que dieron mucho que hablar en su momento, cuando fueran último
modelo. El coyote los mantiene intactos, como suele ocurrir con la memoria de quienes
han pasado mejores tiempos.
El diálogo entre ambos personajes fluye
espontáneo por momentos, pero luego se vuelve reflexivo hasta perder los nexos,
los hilos conductores quiero decir. Tal y como ocurre en la realidad cuando dos
personas conversan, sin llegar finalmente a nada concreto, acabando el diálogo
en cualquier parte. En ese sentido, tal vez Riedmann busque reflejar la
inoperancia del diálogo a la hora de concretar asuntos importantes, estoy
pensando en esas mesas de diálogos tan frecuentes en los últimos años. Las
personas rara vez consiguen llegar a un acuerdo justo, equilibrado, eficiente,
debido a que la conversación se diluye en otros temas por una cuestión
inherente a su naturaleza misma, la volatilidad de la palabra hablada que
revolotea como los pájaros.
Miguel de Loyola – Santiago de Chile
– Marzo del 2026

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