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El ladrón de calzones, de Solange D. Marcos

 


Hola, muy buenas tardes. Gracias por concederme esta oportunidad de hablar de libros y particularmente del que nos convoca, El Ladrón de calzones, de Solange D. Marcos, aunque debo confesarles de antemano que no soy un orador que puede hablar sin apuntes a un público presente. Muy por el contrario, tendrán que perdonarme por no ser más que un profesor sujeto a la lectura de sus reflexiones, para no hablar más de la cuenta. Algo que suele ocurrir a menudo en actos de este tipo, para fastidio y bostezos de los presentes. De manera que no se preocupen, seré muy breve, mi comentario no va más allá de las veinte páginas.

Bromas aparte. No se asusten.   

Tengo entendido que existe el oficio de presentador de libros, persona experta en el arte de hablar bien de libros ajenos. De hecho hace algunos años escribí un texto que hace referencia a ello, titulado: Lanzamiento de un libro. Una crónica que recrea para bien o para mal la situación y, por cierto, no exenta de sarcasmo.

Advierto que no soy un Presentador experto en tales asuntos, ni menos dado a hablar bien de libros cuando no me gustan. Esto de los gustos, bien sabemos, suele ser bastante caprichoso; de hecho, a menudo los críticos se dan cabezazos frente al problema. Jorge Luis Borges, en cambio, decía que es preferible decir este escritor no escribió para mi, a decir no me gustó su libro. Desde luego, eso suena bastante mejor cuando uno no quiere quedar mal ni con Dios ni con el diablo.

 Ahora bien, el libro que nos convoca, El ladrón de calzones, nadie podrá decir que carece de un título sugerente; conozco otra novela de un título parecido, Calzones rotos, del amigo escritor Jaime Hagel Echeñique, novela llevada al cine por un cineasta argentino hace un par de años atrás. La referencia a esa prenda íntima femenina, sin duda despierta la curiosidad masculina. Buen punto, buen comienzo. Los títulos, enseñan los maestros a sus alumnos en los talleres literarios, deben ser sugerentes, pero no sólo eso, el título debe condensar en pocas palabras el grueso de la historia a referir. Una novela —bien sabemos— es eso, una historia, y aquí enfrentamos una de primera mano desde sus primeras páginas, se trata de una historia de amor. 

Fue Juan Rulfo quien dijo que para escribir había sólo tres temas: el amor, la vida y la muerte. Su comentario se discutió en su momento, se cuestionaba su limitación, pero hoy muchos están de acuerdo en que no hay temas más importantes para novelar que esos tres mencionados por Rulfo. La novela siempre  gira en torno a este triángulo, y a pesar de eso, la buena literatura mantiene su frescor permanente, limpio y puro, aún cuando hable “siempre” de lo mismo, de los mismos temas quiero decir. Lo que cambia, y aquí radica la cuestión principal, es el enfoque, la mirada, el lenguaje, la forma y el estilo del escritor. En este caso, de la escritora, quien en su novela El ladrón de calzones, nos entrega la suya propia y lo hace con propiedad, soltura y espontaneidad.

La historia de esta mujer que apunta sus impresiones de vida en su diario íntimo, si bien de manera fragmentada, termina por convencer y enganchar al lector. Y, por cierto,  no es poca cosa. Cuando una historia nos convence, es mucho, la aceptamos, la vivimos, la leemos por completo; de principio a fin; de Pe a Pa, solía decirse en otros tiempos en un lenguaje juvenil hoy, por cierto, en desuso.

Hay que destacar en esta novela el manejo del lenguaje, que si bien coloquial,  tomado directamente de la lengua del diario vivir, del diario discurrir, consigue giros que dan luz y espesor a emociones profundas, sin caer en aquel patetismo asfixiante al que suelen llegar algunos escritores a la hora de hablar de desilusiones y conflictos amorosos. Creo que hay aquí una visión más libre, tal vez más equilibrada, lejos del drama y la tragedia, pero no por eso menos potente y veraz. Hay una mirada madura respecto a la vida misma, en el sentido de asumir que nada es ni será perfecto en este mundo.

 El recurso estilístico del diario de vida, donde apunta sus vivencias y sentires la protagonista,  la “turquita” como la llama su misterioso amante, funciona como estructura pertinente para contar una historia de amor sin entrar en mayores detalles de los que ahí se apunta, dejando así en  absoluta libertad al lector para rellenar todo lo que no se dice con su propia fantasía e imaginación. Algo fundamental en un texto literario. Y vaya si no  hay espacio de sobra en esta novela para rellenar, desde las atrocidades vividas durante la pandemia que asoló al país y al mundo, hasta la relación amorosa clandestina, sustancia medular de la novela. El acoso del marido, y otros tantos asuntos que van quedando semi inconclusos.

 Pues bien, creo que la invitación a leerla a mi parecer estaría hecha, y no voy a anticipar mayores detalles a los expuestos, porque las novelas hay que leerlas en solitario, en silencio; en medio de esa intimidad única e irrepetible que genera un libro en la mente del lector. Les aseguro que su lectura no los decepcionará.

 Aún así quiero despedirme citando unas palabras de la turquita a su amante que de seguro los motivará a su lectura todavía más: “Estas líneas no son para despedirme. Te seguiré escribiendo este diario. Quizás un día te lo entregue, si es que lo quieres. Si es que me quieres. Si es que me lees.”

 

Muchas gracias.

 

 

 

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Marzo del 2026

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