Hola, muy buenas tardes. Gracias por concederme esta oportunidad de hablar de libros y particularmente del que nos convoca, El Ladrón de calzones, de Solange D. Marcos, aunque debo confesarles de antemano que no soy un orador que puede hablar sin apuntes a un público presente. Muy por el contrario, tendrán que perdonarme por no ser más que un profesor sujeto a la lectura de sus reflexiones, para no hablar más de la cuenta. Algo que suele ocurrir a menudo en actos de este tipo, para fastidio y bostezos de los presentes. De manera que no se preocupen, seré muy breve, mi comentario no va más allá de las veinte páginas.
Bromas aparte. No se asusten.
Tengo entendido que existe el oficio de presentador de
libros, persona experta en el arte de hablar bien de libros ajenos. De hecho
hace algunos años escribí un texto que hace referencia a ello, titulado: Lanzamiento de un libro. Una crónica
que recrea para bien o para mal la situación y, por cierto, no exenta de
sarcasmo.
Advierto que no soy un Presentador experto en tales asuntos,
ni menos dado a hablar bien de libros cuando no me gustan. Esto de los gustos,
bien sabemos, suele ser bastante caprichoso; de hecho, a menudo los críticos se
dan cabezazos frente al problema. Jorge Luis Borges, en cambio, decía que es
preferible decir este escritor no escribió para mi, a decir no me gustó su
libro. Desde luego, eso suena bastante mejor cuando uno no quiere quedar mal ni
con Dios ni con el diablo.
Fue Juan Rulfo quien dijo que para escribir había sólo tres
temas: el amor, la vida y la muerte. Su comentario se discutió en su momento,
se cuestionaba su limitación, pero hoy muchos están de acuerdo en que no hay
temas más importantes para novelar que esos tres mencionados por Rulfo. La
novela siempre gira en torno a este
triángulo, y a pesar de eso, la buena literatura mantiene su frescor
permanente, limpio y puro, aún cuando hable “siempre” de lo mismo, de los mismos
temas quiero decir. Lo que cambia, y aquí radica la cuestión principal, es el
enfoque, la mirada, el lenguaje, la forma y el estilo del escritor. En este
caso, de la escritora, quien en su novela El
ladrón de calzones, nos entrega la suya propia y lo hace con propiedad,
soltura y espontaneidad.
La historia de esta mujer que apunta sus impresiones de vida en su diario íntimo, si bien de manera fragmentada, termina por convencer y enganchar al lector. Y, por cierto, no es poca cosa. Cuando una historia nos convence, es mucho, la aceptamos, la vivimos, la leemos por completo; de principio a fin; de Pe a Pa, solía decirse en otros tiempos en un lenguaje juvenil hoy, por cierto, en desuso.
Hay que destacar en esta novela el manejo del lenguaje, que si bien coloquial, tomado directamente de la lengua del diario vivir, del diario discurrir, consigue giros que dan luz y espesor a emociones profundas, sin caer en aquel patetismo asfixiante al que suelen llegar algunos escritores a la hora de hablar de desilusiones y conflictos amorosos. Creo que hay aquí una visión más libre, tal vez más equilibrada, lejos del drama y la tragedia, pero no por eso menos potente y veraz. Hay una mirada madura respecto a la vida misma, en el sentido de asumir que nada es ni será perfecto en este mundo.
Muchas gracias.
Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Marzo del 2026

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