El tren anunciaba su salida dando un largo pitazo. Lo mismo hacía al llegar a la estación de destino.Pitazos de ida, pitazos de vuelta que conectaban al pasajero con la realidad perdida durante el trayecto. El vaivén de los carros al rodar por la vía férrea solía hipnotizar al punto de perder la noción del tiempo y el espacio, así que no había mejor manera de volver a la realidad sino mediante un silbatazo.
Los trenes corrían de norte a sur sin
descanso, sin embargo de un momento a otro desaparecieron. Se los tragó la
noche o la mañana. Las estaciones quedaron paralizadas y vacías, envejecieron
al punto de venirse muchas abajo. La de Talca que fuera estación terminal en el
pasado, quedó por años derruida o clausurada. Ni hablar de otras menores
abandonadas a medio camino entre vías anudadas por guardagujas despiadados.
Los rieles enmohecieron sin esa refriega constante de las ruedas de los carros. Las locomotoras ayer majestuosas señoras de alto peinado, se volvieron ancianas descuidadas. Los jefes de estación desaparecieron junto a los inspectores y sus gorras de viseras rectangulares.
Todo ese mundo ferroviario se
vino al suelo por causa de los autobuses interprovinciales y por esos camiones mastodontes
que invadieron las carreteras para terminar de echar el tren abajo.
Ahora, por milagro, están
volviendo a sus carriles, saliendo de sus tumbas y maestranzas, de esos
cementerios de fierros y metales oxidados. De esa herrumbre de latones
amontonados donde morían condenados.
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