Llegamos a Las Brujas después de enfilar por Príncipe de Gales, título rimbombante para una avenida incrustada en una ciudad como Santiago, donde alcurnias principescas no habían existido en el pasado, sin embargo los aires de grandeza de algún alcalde viajado le habían dado nombre a la calle que comenzaba en el canal San Carlos y subía hacia los cerros de La Reina, otro título nobiliario para una comuna empotrada sobre los faldeos precordilleranos. Pudimos conseguir una mesa frente a la memorable laguna de los cisnes, discretamente iluminada por focos indirectos que daban infinitud y somnolencia a las aguas. Pedimos al mozo dos tragos largos que no tardó más de cinco minutos en traer sobre una bandeja plateada, acompañados de un platillo con el clásico maní salado y algunas aceitunas de Azapa que no duraron más de tres o cuatro minutos en el plato. Después de beber un par de sorbos del sabroso líquido, nos fuimos a bailar. La música nos estaba llamando a gritos desde el momento mismo que pisamos el recinto, como una vieja amiga íntima, capaz de conectarnos con nuestros antepasados los mandriles, los gorilas bailarines y toda esa castas anteriores a la nuestra. Entramos bailando a la pista, cruzando entre las parejas hacia el centro, buscando aquel espacio ideal donde el sonido cuadrafónico de los parlantes concentraba su poderío, y nos mantendríamos allí bailando hasta la llegada del primer lento, cuya música se derramó suavecita sobre aquel ambiente enfebrecido, contrastando claramente con el ritmo anterior, inmovilizando a los danzarines y proyectando sus sombras negras contra el piso. Lo bailamos también, y fue como tocar por un minuto la piel del cielo con la mano. Era la primera vez que estrechaba sus hombros, la primera vez que sentía la proximidad de aquel cuerpo amado. Prefiero que nos sentemos un rato, dijo Paola cuando la música terminó y se anunciaba otro lento parecido. Como quieras, contesté, aunque yo prefería seguir bailando, sintiendo la cercanía de su cuerpo, aquel perfume embriagador proveniente de su piel, de su pelo castaño claro. Volvimos entonces a los silloncitos a sentarnos. El juego de luces hacía blanquear sus dientes dejándolos relucientes como diamantes. Lo mismo debía ocurrir con los míos, y con los de quienes se encontraban allí, convirtiéndonos en personajes irreales, casi caricaturescos. Bien podía ser ficción esa experiencia. De seguro la idea principal del inventor de tales efectos especiales era esa, quebrar las reales dimensiones de los seres y las cosas, para hacerlos vivir un momento extraordinario, entre ficción y realidad. Recordé la primera vez que había entrado a una discoteca, ese impacto violento de luces multicolores volvía a deslumbrarme de la misma manera esa noche en Las Brujas, produciendo la sensación de felicidad. Entonces debo haber tenido unos quince años y el mundo se abría como una posibilidad infinita. Sin haber leído todavía a Heidegger, podía intuir esas posibilidades del devenir, de ser un ser existencial lanzado hacia sus posibles. En casa me refregaban el cerebro con esa idea libertaria, dando siempre a entender que la juventud podía lograrlo todo en este mundo.
Nos
sentamos muy juntos en el pequeño sofá. Un cisne se hallaba en medio de la
laguna, majestuoso, elegante, irreverente. Se movía en el agua sin nosotros
notar sus movimientos. El paisaje de la laguna, bañada por una luz artificial
de color amarillo, y aquellas aves vestidas en traje de etiqueta desplazándose
suavemente en el agua, ofrecían esa noche una dimensión distinta de la
realidad. Estábamos fumando, con los ojos hundidos en la laguna. Veíamos
también como uno de esos cisnes se rascaba el cuello en un gesto arrogante y provocativo.
Qué piensas hacer en el futuro, preguntó Paola a bocajarro. Entonces estuve a
punto de citar otra vez a Sócrates, el loco del patio de filosofía, expliqué.
El futuro no existe, hubiera contestado aquel loco de la escuela. Es una
ficción más. En cambio, existe el presente, el ahora, y en este ahora lo único
que me interesa es darte un beso en la boca. Pero no se lo dije. Supongo que
trabajar, contesté. Es lo típico. Toda la gente termina haciendo eso, ¿no? ¿De
profe? Inquirió. Lo más probable es que termine haciendo cualquier otra cosa,
los profes se mueren de hambre. Y ¿tú?, ¿qué harás tú cuando termines la
carrera? Clases. Me encanta hacer clases, contestó.
Volvimos
a la pista de baile. Fue entonces cuando en medio de las luces y el sonido
estereofónico le pregunté otra vez qué pasaba con ella. Es decir, si pasa algo
entre los dos, pregunté. Y fue allí también donde contestó nada, no pasa nada.
Mi primera reacción fue el desconcierto, pero seguimos bailando como si nada,
como si no pasara nada efectivamente. Pero pasaba, pasaban muchas cosas por mi
mente en ese momento, y supongo que también por la suya. Lo primero: no la podía encontrar más rica. Lo
segundo: la encontraba cada vez más
dulce. Lo tercero: no le creía
en absoluto que no pasara nada entre nosotros. Para mí estaban pasando
muchas cosas. El solo hecho de que hubiese
aceptado salir conmigo esa noche constituía una prueba contundente de que algo
tenía que estar pasando. Todavía vivía bajo el convencimiento de cosas tales
como: si aceptas una invitación a
bailar es porque algo pasa.
Supongo
que te casarás pronto, comenté por joder un
poco. Seguro tú también, contestó, devolviéndome la ironía. Pero no te creas
que la cosa es tan segura como parece. Me voy a casar si así lo quiero y
encuentro la persona indicada. No me voy a casar porque tenga que casarse,
como piensan todavía algunas mujeres en este país. Interesante,
respondí poniendo cara de hombre serio, del tipo estudiante de derecho. ¿Qué es
lo interesante?, preguntó subiendo el tono de la voz. El volumen de la música
parecía al máximo, la banda Creedence Clearwater Revivel ya se salía por los parlantes de la discoteca
¿Acaso crees que para mí lo más importante en este mundo es casarse? Si piensas
de esa manera, eres un viejo del siglo pasado. Bueno, las mujeres en este país
se casan la mayoría jóvenes, respondí haciéndome el tonto y pensé que tú…. ¿Que
yo qué?, insistió. Que pensabas también
lo mismo, respondí. En todo caso, pienso lo mismo que tú, no necesariamente uno
se tiene que casar, se puede quedar soltero… Por su puesto, ayudó ella. Lo
primero es encontrar a la persona. Pero tú ya la has encontrado, insinué. ¿Qué
te hace pensarlo? Los comentarios de tus amigas, contesté. Eso creía, respondió
bastante seria, afectada. No sabes la alegría que me produce oírte decir eso,
respondí. Yo creía que... Creía haberlo encontrado. Pero fui descreyendo con el
tiempo. Hay cosas que una no puede tolerar... Como cuáles, pregunté demasiado interesado
en avanzar hacia esos detalles. El aliento, por ejemplo. Las ideas, las manías,
son cosas difíciles, muy difíciles. Pero lo principal son las metas...
Caramba,
pensé, esta mina se las trae. Me gustó más todavía. Mucho más. Intenté darle un
beso furtivo mientras bailábamos el último lento antes de salir de aquel
espacio propicio, pero me dio vuelta la cara, escabulléndose como pez jabonoso.
Me dejó avergonzado frente a aquel acto de audacia. Al despedirnos frente a su
casa, le dije necesito volver a verte lo más pronto posible. El lunes, en el
campus, prometió, luego desapareció tras cerrar la puerta. El lunes volvería a
andar como sonámbulo buscándola otra vez por los pasillos y los patios.
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