La Odisea de Cristopher Nolan merece elogios. Una cinta cinematográfica que vuelve a poner en primer plano un clásico de la literatura universal atribuido al poeta griego Homero, tiene el mérito de la recuperación de un tesoro ante los ojos de las nuevas generaciones. Sobre todo cuando la crisis de valores se ha vuelto cada vez más evidente y peligrosa. Vivimos tiempos donde impera la deslealtad, la envidia, la ambición, la promiscuidad, la mentira, el embuste… La cinta de Nolan pone sobrerelieve los valores más nobles de la humanidad expuestos en el libro, proyectando en la pantalla la mítica historia del retorno de Odiseo a casa.
La cinta subraya a cabalidad las
metáforas a las que el poema épico hace referencia, ampliando el campo
subliminal de la metonimia a todo tipo de espectador. Bien sabemos a estas
alturas que el periplo de Odiseo representa la vida del hombre, la nuestra, la propia. Un viaje plagado de obstáculos que el héroe debe cruzar para regresar
a su punto de partida a fin de encontrar la anhelada paz, cuidando, por cierto,
de no ofender a los dioses.
La simbología en la película de Nolan no pueden ser más
elocuente para ejemplificar el sentido
de la amistad, la lealtad, el honor, el patriotismo; como también los antivalores
más abyectos: la traición, la mentira, el embuste, mediante escenas cinematográficas
elaboradas con la intuición y precisión propia de un artista visual de
excelencia. La cámara describe mejor que las palabras sentimientos y emociones
de los personajes. La música, por otra parte, ayuda a mantener al espectador
expectante en su butaca durante las tres horas que dura la cinta.
La mirada de Nolan no explota la
sexualidad que cabe esperar en estos
tiempos donde suele usarse de acicate principal para conquistar el interés morboso
del espectador. Muy por el contrario, lo relega a un tercer plano. Es decir, a
su lugar natural de pertenencia. Hay motivos y valores de mayor trascendencia
en la vida de un hombre. Nolan lee bien el libro, destacando y acaso enseñando la jerarquía de
los valores del espíritu humano, tan necesaria en estos tiempos de escepticismo
espiritual.
Desde luego, lo mejor de la cinta,
su mayor éxito está en el interés que ha despertado en las nuevas generaciones.
Algo que viene a demostrar que hay esperanzas, que no estamos tan perdidos, que
si bien estamos en medio del tifón, en medio de la tormenta, las probabilidades
de salir ilesos del embate de las aguas sigue latente. Hay esperanza, hay
deseos de reivindicación de los valores del hombre que nos alejan de los cerdos,
de esos cerdos en los que corremos el
riesgo de convertirnos cuando nos dejamos llevar por los instintos.
***
Miguel de Loyola – Santiago de Chile
– Agosto del 2026.

Comentarios
Debo confesarle, Miguel, que mi experiencia en el cine me hizo latir con prisa el corazón y reincidí el sábado siguiente. Allí pude atar ciertos cabos que mi mente no logró atar la primera vez y enriqueció mi experiencia vital.
Su comentario me ha dejado otra vez estremecida en las islas de Circe y Calipso, el Aleph del canto de sirenas y los mares dominados por dioses furibundos y hombres sin humanidad, esquiando la furia de Escila en su vórtice magnifico sin saber si ese era mejor destino que la voracidad de Caribdis.
A usted, Miguel, le profeso una admiración enorme y le agradezco estos espacios donde le quita tiempo a su propia creación para mostrarnos con claridad y belleza su observación del mundo, la vida, la literatura y todo lo que nos convoca y nos compete.
Lo saluda agradecida
Una admiradora.