Black solía jugar conmigo, lo mismo yo con él. Ambos éramos lo que se llama verdaderos amigos. Apenas llegaba de la escuela corría a abrazarlo; en tanto él, salía también disparado a recibirme, revolviendo la cola en señal inequívoca de felicidad. Black era negro, de un negro casi azul. Al mirarlo en días soleados, su pelaje sedoso resplandecía produciendo destellos de luz. En invierno, en cambio, esos brillos desaparecían bajo el gris opaco que solía cubrir la atmósfera de San Clemente.