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Donde van a morir los elefantes, de José Donoso.

      


La novela recrea la anécdota vivida por un profesor de castellano -chileno, supuestamente especialista en un escritor ecuatoriano (Marcelo Chiriboga), perteneciente al boom de novelistas latinoamericano-, de pronto contratado para dictar clases de literatura en una universidad norteamericana, gracias a la influencia y directa intervención del ex profesor suyo, Rolando Viveros, radicado en USA y profesor de dicha universidad.

       

Hasta aquí, se podría presumir la obra girará en torno a la problemática intelectual de Gustavo Zuleta como nuevo académico de la universidad de San José. Sin embargo, si bien el argumento presumido en primera instancia por el lector no gira en ciento ochenta grados en el interior de la novela, de pronto resulta sustancialmente alterado por la aparición sorpresiva de Ruby; una gringa de dimensiones físicas colosales, y dotada de una personalidad arrolladora, quien termina por convertirse en eje principal del relato. 

       

Desde luego, la novela admite lecturas distintas. Siendo esta una particularidad propia de las obras literarias de grandes novelistas. Alguien podrá leerla hasta desde un punto de vista policial, por cuanto ofrece también esta dimensión tras proyectar -desde sus primeras páginas- cuatro inexplicables asesinatos. También se abre hacia una perspectiva propicia para estudiantes de literatura, quienes -con una competencia literaria suficiente- podrán interceptar y tomar posiciones respecto a cuestiones literarias magistralmente aludidas en esta obra. Sin embargo, avanzando un poco más allá de sus líneas generales alzadas por los trazos del novelista, Donde van a morir los elefantes cobra una dimensión lúdica de dimensiones sin iguales, a mi juicio, dentro del marco de la novela chilena. Donoso, con su consabido juego de máscaras y mundos delirantes cuajados de fantasmagorías, recrea como pocos un universo de nudos y misterios que atrapan el interés del lector. 

      

Ahora bien. Es probable que, valorada mediante los típicos criterios estéticos de nuestros críticos, bien podría acusarse a la novela de cierta frivolidad, carente de una dimensión moral profunda, por cuanto el narrador mueve a su regalado antojo acontecimientos y personajes transformándolos por momentos casi en caricaturas. Pero cierto es también que el manejo magistral de todos estos artificios propios del arte de la ficción, son los que, en definitiva, consiguen configurar su universo genialmente lúdico, llevándola así al plano inequívoco de la alegoría. Y es precisamente allí, al interior de ésta denuncia descarnada y delirante tanto de la sociedad norteamericana como de la nuestra, como del hombre mismo en particular, donde cobra valor y sentido la ficción configurada por el juego mordaz y perfecto del novelista. Así, José Donoso pareciera estarnos diciendo a través de sus obras, y muy especialmente en ésta: nada tiene un sentido único, el hombre -el hombre inmerso y sacudido por pasiones humanas, envidia, celos, voluptuosidad, ambiciones, soberbia, egocentrismo, etc.-, es una buena porquería; un trozo de arcilla moldeable desde dentro según la conveniencia individual, como también desde fuera, por otros. No obstante, bien se ve que Donoso, como verdadero artista, no busca ni pretende dejar mensaje alguno, salvo aquellos que se traslucen a través de su impecable juego de máscaras. Cuestión que molesta en mucho a quienes no pueden distinguir entre ficción y realidad, como dimensiones esencialmente opuestas, pero paradojalmente confundibles mediante el uso magistral del novelista. Así, sus mensajes subliminales se limitan a poner de manifiesto que el artista no es más que un intermediario entre ficción y realidad, y que mientras mayor distancia exista entre uno y otra, tanto mejor para la obra misma, como efectivamente ocurre en sus obras.

      

En mi opinión, la ironía de Donoso alcanza su más perfecta madurez en esta novela, abarcado quizá por primera vez todos los frentes conflictivos del hombre, tanto políticos, como sociales, intelectuales, morales, existenciales, individuales, sexuales, etc., desde el interior siempre delirante de los acontecimientos donde se mueve esta comparsa bufonesca de personajes heterogéneos provocando constantemente al lector, y sin salirse, en momento alguno, de su condición de personajes exclusivamente novelescos, para no traicionar al autor, ni a la novela misma, como objeto puramente artístico.

     

Por otra parte, Donde van a morir los elefantes está cargada de una intertextualidad envidiable, extendiendo su abanico hacia autores latinoaméricanos pertenecientes al Boom, como Cortázar, Vargas Llosa, García Márquez, Onetti, etc.; y aludiendo también a los mundos poéticos de Neruda, Lihn, Parra, a través de un raconto nostálgico y poético por parte de Gustavo Zuleta. Y todavía más allá, atravesando las fronteras -si es que éstas existen entre las obras literarias- abarcado con su mirada la novelística mundial, Flaubert, Colet, Doss Passos, Prust. Eca de Queiroz, Musil,etc. La novela en este sentido abre un amplio escenario propicio para la discusión, tan necesaria para el arte, al decir de H. James; gratuitamente regalada por el autor desde su vasto imperio del conocimiento de la literatura mundial. Sólo desde ésta perspectiva, se constituye  en la novela chilena más reveladora de tales asuntos, de un interés esencial para estudiantes de literatura.

 

 

II      

 

El eje que articula y mueve los engranajes del suspenso -indispensable para cautivar al lector- comienza a precipitarse hacia los mundos narrativos donosianos, sólo una vez que se encuentran bien perfilados los personajes, especialmente aquellos que alcanzan un nivel protagónico, como Ruby, Gustavo Zuleta y Marcelo Chiriboga, y en otro plano -que no diría sustancialmente secundario- lo anfitriones, como son Rolando y Josefina, acompañados de esa comparsa de bufones que son los hermanos Butler, conjuntamente con el par de chinos (Duo y Er).

     

Presentados los personajes, la acción  —desarrollada dentro de escenarios mínimos, pero escogidos con mano maestra— comienza a acelerar su curso hasta llegar a momentos de efervescencia máxima con la yuxtaposición de escenas de envergadura intelectual, nostálgica, existencial, y erótica, donde los personajes son exprimidos por la fantasía de un autor que no escatima artificios para proyectarlos en dimensiones tanto humanas como caricaturescas, abriendo así infinidad de puertas para el diálogo fuera del universo de la novela misma, asunto que es tan poco común en las obras de nuestra narrativa chilena, donde impera aún la monofonía y escasea la comparsa polifónica de voces.

     

El manifiesto romance entre Gustavo Zuleta y Ruby, pareciera por momentos ser el eje central de la novela y desde donde surge la mayor dosis de suspenso. Sin embargo, debido a esa ambivalencia de esta gorda colosal, que entusiasma a todos sin entregarse finalmente a ninguno, manteniéndose incólume a la pasión erótica, contribuye a que la novela cobre matices propicios para clímax delirantes y cargados de ambivalencia. Así, la realidad está permanentemente cuestionada por una realidad virtual, como también la identidad de los personajes. Este juego magnífico de ambivalencias contribuye a que la novela adquiera una dosis de fantasía suficiente para recrear la simpleza en sí de la anécdota. Donoso es, en mi opinión, campeón mundial para esta clase de jugarretas, y en Donde van a morir los elefantes lo consigue plenamente.

***

 No hace mucho tiempo atrás leyendo Artículos de incierta necesidad, publicado por Alfaguara en 1998, encontré una crónica intitulada Anita, donde es posible advertir parte importante de uno de los detonantes que llevaron a José Donoso a escribir Donde van a morir los elefantes. En el mencionado artículo, cuenta la historia real del chino superdotado que fuera autor de cinco crímenes espantosos en la universidad de Iowa. Es decir, las novelas arrancan siempre de un hecho real, o de una vivencia que el escritor articula para darle formato artístico.  


Miguel del Loyola – Santiago de Chile – Junio de 1995

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