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El mundo que tía Paty dejó, de Inés Valenzuela

 


Pablo Neruda en el prólogo resume  el contenido de esta novela de Inés Valenzuela con las palabras propicias: “Este libro es fresco y jugoso como una pera del Maule, de agua secreta cuya frescura, en medio del bochorno, llega al alma.”  Es posible que el lector nunca haya probado la bondad de los perales del Maule, pero el verso lo hace posible, al transformarse la palabra en experiencia.  Bajo el tórrido sol del verano que calienta las tierras gredosas que rodean el Maule ya muy cerca del mar,  nada puede ser más reconfortante que uno de esos frutos de carne jugosa y almibarada que cuelgan de los árboles, a la mano del caminante. Lo mismo consigue Inés Valenzuela en su novela, condensar la experiencia en una historia que habla por sí misma, cargada con la ternura propia de los escritores de la zona, amantes de los parajes y pueblos levantados a orillas del gran río que desemboca en la mítica ciudad de Constitución.

 

La protagonista nos cuenta la historia de su vida, partiendo desde su más temprana infancia en “Las Catalinas”, hasta el deceso de la tía Paty en Constitución. El lector recorre así un largo periplo de la mano de la narradora, enterándose de sus aventuras y desventuras en el Chile de mediados de siglo, cuando los viajeros rodaban por los caminos en carretas tiradas por bueyes  en dirección a la ciudad.

 

Destaca en el relato la nostalgia por la tierra, el amor al terruño que caracteriza a la gran mayoría de los escritores de provincia cuando enfrentan la ciudad. Inés, la protagonista, no pierde ocasión para volver a Constitución, a la casa de su tía Paty, donde pasara la mayor parte de su adolescencia. Allí, bajo el regazo del hogar materno, encuentra siempre la paz que su alma necesita. La tía Paty representa la tierra, la seguridad, la tradición, el equilibrio. También el punto donde se cruzan las generaciones de ayer, del presente  y del mañana,  encadenando en el roce las tradiciones más importantes de  una comunidad cultural. 

 

La vida de la protagonista avanza sin angustia, sin el desvelo que caracteriza al hombre de nuestros días y a los personajes de la novela actual. Inés no tiene prisa, observa su vida a distancia   para medir y valorar los acontecimientos. Nada la urge, no hay neurosis en sus personajes, tampoco una búsqueda obsesiva del amor. Sabe que éste llega solo, y que hay que saber esperar, como tantas otras cosas de la vida que atormentan a los impacientes.

 

Las descripciones de lugar están acotadas por una pluma de frase corta, precisa. El vocabulario es sencillo y certero. Comunica con la sencillez propia de la sabiduría en el uso del idioma.

 

Las conversaciones sostenidas por Inés con el poeta maulino Jorge González Bastidas en el pueblo que hoy lleva su nombre, pueden leerse como históricas. También las sostenidas con Juvencio Valle en la Biblioteca Nacional, donde también trabajó nuestra protagonista después de trasladarse a Santiago.

 

El relato recoge vestigios de una cultura que ha ido  desapareciendo junto con la tía Paty. Los enfermos de cólera, de pleuresía, las brujerías, las apariciones del diablo, la ropa marinera, el rezo del rosario, el uso de ropas en honor de los santos. Las caminatas, los viajes en tren a la capital, los paseos a caballo, en lancha río Maule arriba…

 

La descripción de algunos lugares emblemáticos de la ciudad de Constitución (Nueva Bilbao, originalmente), tales como: el Muelle Chico, la Cueva del Ermitaño, La Poza, el cerro Mutrún. Los faluchos maulinos, sus astilleros hoy  inexistentes. Su importancia como puerto marítimo y fluvial hasta el día que se abrió finalmente el canal de Panamá. Inés da cuenta del mundo que la rodea con la ternura propia de una niña provinciana que termina haciéndose entrañable para el lector.

 

 

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Año 2004

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