Las zapatillas fue un tiro de lleno en el blanco. Apenas aparecieron en el mercado enloquecieron a la juventud. No había quien no hiciera locuras por conseguir un par por allá por los años 70. Las Adidas causaron verdadera euforia entre los muchachos, si salías a la calle calzando un par, la gente no dejaba de mirarte mientras caminabas. Su magia era tal que volvía estilizados los movimientos hasta de los gordinflones, decían sus más fervientes fans. Y era cierto, muy cierto. Quienes usaban zapatillas cobraban los movimientos elásticos de los deportistas. Pero eran caras, costaban un ojo de la cara, demasiado caras para el bolsillo general, sólo muy pocos podían darse al principio el lujo de comprarse un par.
Jugar a la pelota con zapatillas adidas resultaba un lujo, pero los fanáticos no se aguantaban de usarlas aunque se estropearan. La pelota se adhería al borde la zapatilla y no costaba nada correr con ella por la cancha. Ni hablar de los pases y tiros al arco, la pelota parecía puesta con guantes. Quienes tenían acceso a ellas sacaban mucha ventaja, para correr, chutear y hasta para enamorar a las muchachas. Algunas se morían por las zapatillas del Pancho, una Adidas color azul oscuro y plantas blancas. Lucían mejor que el cuero de los zapatos.
A Chile en esos años todavía no llegaban, las traían quienes viajaban o tenían parientes en los Estados Unidos. Aquí en su reemplazo salieron al poco tiempo las North Star de Bata, pero la pelota no se agarraba con la misma plasticidad, tampoco mejoraba la figura de manera radical.
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