Pocos saben que hace un tiempo se me “cayó la cortina”, que estuve cuarenta días y cuarenta noches boca abajo, cuidando que la retina volviera a pegarse contra la pared después de la vitrectomía. Una operación ocular que en el pasado hubiera salvado de ceguera a muchos, entre ellos a Jorge Luis Borges, el magnánimo escritor que cargo con dignidad el mal de la ceguera hasta su tumba. En mi caso y probablemente el de muchos, fue algo bastante duro de sobrellevar, sobre todo por la variedad de diagnósticos médicos que tuve con anterioridad a la operación. Mi oftalmólogo regular no advirtió el desprendimiento de retina del ojo izquierdo, y salí de su consulta convencido que las moscas que veía serían momentáneas, producto de un alza de presión del ojo, pero nada más, nada preocupante, dijo. Sin embargo, dado que las molestias persistían consulté otro médico y su diagnóstico fue más o menos el mismo: no hay desprendimiento de retina. Así, los días fueron pasando y veía cada vez menos por ese ojo. Preocupado volví a consultar otro especialista, quien sería el primero en confirmar que se trataba de un desprendimiento de retina. No le creí del todo, así que acudí a un cuarto, quien opinó que no había tal desprendimiento. Así las cosas, dada la diversidad de opiniones no había modo de quedar tranquilo. Consulté a un quinto, quien confirmó el diagnostico del tercero y dijo que había que operar cuanto antes, de lo contrario corría el riesgo de dar por muerto el ojo.
Se pone blanco y luego hay que extirparlo y poner en su lugar un ojo de vidrio, puntualizo sin arrugarse. La situación se volvió alarmante. Me veía a cada instante con un ojo muerto causando lástima por las calles como esos ciegos de Atenas, ciudad donde en el pasado hubo más ciego que en ninguna otra.
Me decidí y tomé hora para la operación. Ese
día llegué puntualmente, pero el médico no. Esperé cerca de dos horas y nada. El
médico estaba atrasado, fue la respuesta una y otra vez tras hacer la
correspondiente consulta. Me impacienté, no estaba tranquilo y en un arrebato
de rabia o dignidad me largué, dejé todo tirado, hasta los bonos. Los médicos
en este país abusan, a los pacientes los impacientan, citan a una hora y
después no llegan nunca. Días después terminé en otra consulta y me operé
finalmente con otro especialista. La cirugía sino fue un éxito al menos salvé
el ojo, o parte de la visión del ojo. El mayor drama o castigo fueron los
cuarenta días que tuve que pasar boca abajo pagando mis pecados, entre otros,
supongo, el de haber dejado tirado al otro cirujano ocular por no llegar a la
hora convenida.
Miguel de Loyola – El Quisco – Noviembre del
2025


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