Rolando Rojo fue siempre un entusiasta de la literatura. Ponía toda su fe en ella, creía que un libro podía cambiar el mundo. Soñaba por cierto cambiándolo, aún bajo las condiciones más difíciles, sin perder nunca el humor, virtud que le sobraba incluso a la hora de contar los pasajes más cruentos de su vida. Fue un escritor de tomo y lomo, no vivía para otra cosa. Su larga lista de libros lo certifica, en ellos volcó su amor y fantasía. También en las aulas, donde sembraba discípulos, gracias a su retórica de maestro y profesor, empeñado en incubar en sus alumnos el interés por la lectura. Misión difícil, casi imposible en su tiempo, pero frente a la cual jamás claudicó y de seguro obtuvo buenos frutos.
Rolando amaba los libros con la
misma pasión que amaba a las mujeres. No podía vivir sin ellos, y solía llevarlos
consigo en su bolsón de escritor de camino a cualquier sitio, bien a las aulas
o a tertulias de amigos. Su obra es fecunda, cuentos y novelas que dan cuenta
del Chile en que vivió. Recrean espacios y ambientes característicos del
Santiago antiguo, personajes inolvidables cobran vida y espíritu, rememoran la
historia, salvan al hombre de su fatal destino. Rolando Rojo mete en sus obras
al hombre de carne y hueso, al que siente, al que vive, respira, ama, odia, al
hombre con nombre y apellido; aquel de la esquina, a un vecino, una señora, un
abuelo... Su literatura es de corte realista, se suma a la corriente continua
de escritores chilenos empeñados en recrear lo propio, lo más íntimo de nuestra
cultura sin pretensiones mayores que las de ser testigo ocular de su época.
Las despedidas son tristes, por eso
a veces es mejor no despedirse, es preferible conservar la imagen del amigo
vivo; creer que lo sigue estando hoy, mañana y siempre. Así será estimado Rolando
Rojo, permanecerás vivo en tus libros.
Miguel de Loyola – Santiago de Chile
– 23 de diciembre del 2025.

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