Quizá sea el monumento al Holocausto lo qué más conmueve al turista en Berlín, ciudad capital de Alemania. Aunque no se viaja allí movido con ese afán, sino más bien por el de conocer la puerta de Brandeburgo y por cierto los restos del Muro que dividió al país durante tres décadas, donde en la actualidad se exponen grafitis impactantes, como el beso en la boca entre el líder de Alemania Oriental Erich Honecker y el líder soviético Leonid Breézhnev. La muralla, o más bien los restos de muralla, se conservan como museo, y allí se detienen todos los buses de turismo que recorren la ciudad.
El monumento al Holocausto, obra del
arquitecto Eisenman y del ingeniero Buro Happold, recuerda a las víctimas del
holocausto. En principio, mirado a la distancia, la obra carece de impacto
arquitectónico. Más bien se asemeja a un cementerio repleto de tumbas de
granito, uniformes y blancas. Sin embargo, una vez que el visitante se interna por
sus pasadizos, esos bloques compactos de cemento enclavados al terreno producen
agobio, desazón y hasta miedo. Las formas rectangulares de esas lápidas de
distintos tamaños, unas más altas y otras más pequeñas, producen poco a poco una sensación de
angustia inexplicable. La sensibilidad de los artistas consiguió plasmar allí
la sensación del horror vivido por los miles de judíos masacrados por el
nazismo. Nadie sale de allí como entró al principio, se respira una atmósfera
opresiva.
Otra curiosidad en Berlín es la
falta de alemanes propiamente tales. Berlín se ha vuelto una ciudad tan cosmopolita
como Londres y París, y cuesta toparse con los nativos. Los lugares de comida
responden más bien al estilo americano, y cuesta dar con un sitio genuino. Es
en algún puesto callejero donde se puede degustar una salchicha o hamburguesa al
alemán propiamente tal.
La Puerta de Brandeburgo, desde
luego, sigue siendo uno de los atractivos imperdibles de la ciudad. Construida
en el siglo XVIII, es un ícono de Berlín y ha jugado diferentes papeles
políticos a lo largo de su historia. En 1806, Napoleón fue el primero en usarla
para realizar una entrada triunfal a la ciudad. Tras la dominación nazi, recordemos,
fue usada como símbolo del partido. Tras la caída del Muro, pasó a simbolizar
la libertad y el deseo de reunificación de la ciudad. Fue allí donde se
pronunciaron los discursos refundacionales.
Una cuadra más allá se encuentra el emblemático
edificio del Reichstag, otro centro de interés. Rediseñado en 1990 con una
cúpula que se ha convertido en una atracción turística imperdible. La Catedral
de Berlín es otro punto de interés, lo mismo el Barrio Judío. Y, por cierto,
los museos, siendo el de Pérgamo el más destacado.
El río Spree caracolea por entre la
ciudad. Tiene una longitud de 400 kilómetros desde su origen y se comunica con
el mar Báltico a través de canales navegables. La isla de los museos se
encuentra en sus aguas. Núcleo cultural de la ciudad que concentra cinco museo:
Pérgamo, Neues Museum, Altes Museum, y la Antigua Galería NacionaL y el Museo
Bode.
Miguel de Loyola – Berlín – Año 2024

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