Conocí a Blue Eyes una tarde de verano, ella vestía de azul cuando nuestras miradas se cruzaron. Al instante pensé que su ropa teñía sus ojos. Nunca había visto un azul tan intenso en los ojos de alguien. Hipnotizaban a primera vista, no se podía dejar de mirarlos. Ella haría notar la persistencia de mi mirada con una mueca de disgusto. Disculpa, dije, pero no puedo dejar de mirar tus ojos, nunca me había pasado algo así. Entonces se sonrojó y volvió el rostro para esquivarme, pero el entorno era de espejos y sus pupilas resaltaron en el cristal: azules, resplandecientes, fabulosas. Subíamos, en ese momento, solos en el mismo ascensor. Ella se bajó en el undécimo piso, yo proseguí hasta el piso siguiente, cuando en realidad tendría que haber bajado en el octavo. Así que me devolví bajando por las escaleras con el corazón palpitante, sobreexcitado, consciente del alza súbita de presión arterial. El encuentro había resultado demasiado impactante para ser real, concluí mientras descendía por escalones de espuma donde mis pies se hundían, tarareando Blue Eyes de Elton John.
La sorpresa fue grande cuando nos volvimos a
encontrar en medio de la escalera otra vez. Ella subiendo y yo bajando. Es
decir, estaba claro que Blue Eyes se
había bajado antes para evitarme. Me equivoqué de piso, dije yo y dijo ella,
para justificar el nuevo encuentro. Perdí la noción de espacio y tiempo,
murmuré, no sé si estoy metido ahora en un sueño. Lo siento, contestó o
contesté, olvidé en qué piso estaba la consulta médica. Sus ojos resaltaban
allí también, aunque de manera distinta. Pude leer en ellos sufrimiento. Sufría
por algo, por una pena de amor, seguro. Es lo primero que uno piensa en tales
casos. Es una cuestión de sentido común, supongo, o tal vez el resultado de
nuestro interés por apropiarse de la vida del otro. Hallar una mujer
decepcionada que cae en tus brazos es una fantasía para cualquier hombre, joven
o maduro. Pero no era más que una suposición instantánea, producto del deseo de
saber quién era ella. También cabía la posibilidad que estuviera de duelo, o
que hubiera perdido por esos días a un ser querido, o bien terminado con su
novio. Aunque no podía ser lo del novio, llevaba una argolla de matrimonio. Se
la había visto en el ascensor, en cambio allí, bajo las luces mortecinas que
alumbran las escaleras de los edificios y por donde rara vez transita alguien,
no podía ver sus manos. Todo eso lo pensé y sucedió en un abrir y cerrar de
ojos, mientras ella continuaba subiendo sin detenerse, dejándome paralizado en
mitad de la escalera, mirándola pisar decidida y presurosa los peldaños,
absorto por sus pantorrillas, que hasta ese momento no había visto. Me
deslumbraron sus piernas y su manera grácil de moverlas.
Nos vemos abajo, dije a Blue Eyes antes que ella alcanzara a desaparecer por la puerta que
daba al piso superior. La voz me salió automática, como el último suspiro de un
hombre que agoniza, desesperado ante la posibilidad de no volver a verla nunca
más. Hecho que sin duda sería el más probable. No la conocía, no sabía su
nombre, no existía ni la más remota posibilidad de volverla a ver, a menos que
me plantara de guardia en el primer piso a esperarla, siempre y cuando no se
fuera directo a los estacionamientos existentes en el subterráneo. Al edificio
llegaban algunos en automóvil por debajo.
La esperé cerca de dos horas en la planta baja,
frente a los ascensores, bajo la mirada recelosa del conserje, quien llegó al
extremo de preguntarme si acaso buscaba a alguien en particular. Estoy
esperando a que baje una persona, contesté sin dar más explicaciones, bastante
incómodo por su excesiva desconfianza. El tipo no había dejado un instante de
mirarme sospechoso de mi presencia injustificada. Pero ella nunca apareció, se
la tragó el tiempo y el espacio, esas coordenadas que nos habían conectado por
casualidad en un ascensor por un instante. Terminé abandonando mi puesto de
vigilancia, desorientado e irresoluto, afectado por una sensación de ansiedad.
Esa noche no pude dormir, me desvelé pensando en Blue Eyes, en los contornos que
enseñaban sus tobillos pisando las gradas de granito. Me revolvía en la cama
como un adolescente que por primera vez se enamora, y no sabe que se enamora,
asustado, convencido de que está enfermo, que en cualquier momento se va a
morir o le va a estallar el cerebro en mil pedazos de tanto pensar en ella...
Para combatir el insomnio, se me ocurrió el viejo
juego de imaginar qué le podría estar sucediendo a ella si el asunto fuera al
revés. Es decir, si Blue Eyes estuviera
en ese momento desvelada por mi, por aquel encuentro inesperado en el ascensor.
Algo por cierto muy improbable. De partida, mis ojos no eran azules, sino los
típicos color café de cualquier persona común y corriente de este país, sin gracia
ninguna. Sin embargo, el deseo de provocar en otro ser lo que esa mujer había provocado en mí, poco
a poco comenzó a calmar mi inquietud. Debe ser impactante provocar en alguien
tales emociones, un deslumbre total y absoluto hasta caer en aquel estado
hipnótico que había vivido y seguía viviendo tras ver a Blue Eyes en el ascensor. Al invertir la situación, ahora ella estaría pensando en mí,
revolcándose en la cama por el deseo de tocarme tal vez, como lo sentía yo sin
poder sacarme su mirada azul de encima, pero también de ir más allá del vidrio
de sus pupilas llamativas, de entrar en ese mundo desconocido, seductor,
sugerido por esos cristales cargados de misterio, de lo inaccesible,
inatrapable…
En la medida que esa idea cobraba mayor fuerza,
la ansiedad por volver a encontrar a Blue
Eyes se calmaba. Estaría en ese momento pensando en mí, deseando volver a
verme lo más pronto posible, arrepentida de no haber cruzado algunas palabras
conmigo, de no haberme dado su número telefónico para estar a estas horas de la
madrugada chateando, enviándonos recaditos vía whatsapp cada vez más alentadores, asegurando una cita para el día
siguiente. Tal vez estaría pensando en la manera de volver a encontrarnos, o de
cómo forzar un encuentro, tal vez en ese mismo ascensor del edificio, donde me
agarraría a besos apenas verme, sin preguntarme nombre, edad, o profesión, como
de seguro lo habría hecho yo, si no tuviera amarrado mis instintos. Esa camisa
de fuerza impuesta por la cultura, por la religión que metió en la cabeza de
hombres y mujeres la idea castradora de la monogamia. De seguro ella se
contuvo, llevaba su argolla de matrimonio que la separaba y alejaba de
cualquier aventura posible. Sin embargo, sus ojos decían otra cosa, dejaban al
trasluz el deseo de lo posible.
Miguel de Loyola - Cuento del libro Yesterday, 2024.

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