Leonardo Olmos consigue, al fin, el cargo de profesor de Literatura Comparada en la Universidad Nacional, dos décadas después de jubilar el emérito profesor Gastón Lillo Arce, quien había ostentado la cátedra por cuarenta o más años y del cual había sido ayudante. Volvía a su antigua universidad, al Instituto de Letras donde se había formado. Ya no iría de universidad privada en universidad impartiendo clases. Será un académico estable de aquella universidad a la que tanto había aspirado. Alguien influyente, su colega Alexis Fuenzalida Delgado, lo recomendó y así pudo acceder a la cátedra.
Es un hombre de
cincuenta años; está en la plenitud de sus capacidades intelectuales, con
experiencia y grado de magíster, lo que le permite, incluso, ser un poco
arrogante, “suficiente”, tratando de impactar a sus alumnos en las primeras
instancias. Un profesor que tiene un amplio bagaje literario y cultural; a lo
largo del relato y de sus clases va nombrando, citando a autores de la
literatura nacional, latinoamericana, universal en suma, refiriéndose a ellos,
describiendo parte de sus temas, de sus obras.
En aquella clase
inicial ve a una alumna, una bella muchacha del curso Literatura Comparada, que
le impresiona fuertemente. Le recuerda a Paola, su antigua compañera de
universidad, de hace 30 años, su musa, su amada de entonces. Se le viene todo
el pasado encima y la novela transcurrirá en esos dos planos: el del profesor
ya mayor y el del estudiante de literatura en aquella universidad que tal vez
reconozcamos algunos lectores, con sus claustros, su pasado conventual, sus
ladrillos a la vista, sus patios, su parque, su capilla, su Facultad de Letras;
recordando a ciertos personajes, alumnos y profesores inolvidables. Clases como
la de Teoría Literaria el día viernes por la tarde... el Kayser con su Análisis
e interpretación de la obra literaria. Se entera de que esta joven también se
llama Paola y su segundo apellido… coincide con el de aquella. Lo que ocurre en
adelante es de una profunda complejidad humana, psicológica, emocional. “Quizás
deberías hacer como Ulises en su travesía, amarrarte por las noches a un
mástil, para oír el canto maravilloso de las sirenas, pero amarrado para poder
resistir aquel llamado embriagador, aquel llamado propio de los sentidos. De la
sangre, del deseo siempre vivo…” (pp. 135-136). “¿… y si esa Paola fuese ella?
¿Y si lo mío no fuera más que la confusión de tiempos? ¿Y si el tiempo no fuera
más que un laberinto borgeano?” (p. 152).
No corresponde que
cuente la historia que pertenece al lector; pero ya están trazadas las líneas:
el profesor que tiene la edad que “frisaba” don Quijote (para seguir en la
línea de referencias literarias) y aquella joven de veintitantos años que le
recuerda su juventud, lo vivido en aquel campus universitario. Fui compañero de
universidad del autor, y doy fe de que así era (o la recrea muy bien) la vida
universitaria de entonces, entre quienes estudiaban literatura o pedagogía en
castellano, con todo lo que significaba la vocación, el amor por las letras, y
la escasa valoración social de aquella decisión, con todas sus implicancias. El
amor presente entonces. La vida que vuelve. La ficción que es menos o más que
la realidad. Una “inquietante”, compleja historia con una continuidad y
dirección hacia lo que queda enredado en aquellos entresijos del alma, de las
experiencias grandes que se han tenido. Gracias, Miguel de Loyola, por traernos
también la vida universitaria, del estudiante de literatura y una historia que
se cuela por los intersticios de la memoria, del corazón y de lo inesperado.
José Miguel Ruiz, poeta - Santiago de Chile - Marzo del 2026
La novela fue
publicada en España en 2013, y escrita en 2003; tarde la conocí, recién hace
unos días, si no hace tiempo que habría escrito una reseña, por motivaciones
personales y literarias. Otra, por cierto. Pero de seguro que habría dicho de
su amenidad, de su atmósfera universitaria y literaria, de los dos tiempos de
un mismo protagonista, de la pasión de este, de la complejidad de los
sentimientos que desbordan o se contienen, del puente entre el hoy y el ayer, y
tal vez hubiera recordado que “el corazón es un cazador solitario”, como el
título de la novela de Carson McCullers, y, además, como el ave Fénix que
renace desde sus cenizas, para bien o para mal.

Comentarios