La tecnología ha facilitado la edición de libros al punto de producir a diario verdaderas avalanchas de publicaciones de todo tipo. Nunca se habían publicado tantos libros como en la actualidad. Entre ellos están las novelitas, novelas y novelones que ayer costaba a sus autores un mundo publicar y ahora muy poco, gracias también al fenómeno de la autedición. La oferta hoy en día es inmensa, mientras los lectores —se dice— disminuyen año tras año. ¿Será cierto?
Desde luego, más de la mitad de
dichas publicaciones estarían mejor en un basurero que expuestas en una
librería al alcance del público, pero como la producción artística cayó hace
mucho rato ya en brazos del señor Mercado, sin mayor control que sus leyes de
oferta y demanda, no hay nada más qué decir. En consecuencia, mucha gente lee
basura y termina por despreciar la lectura y de ahí acaso el desinterés por la
misma. Quien compra un libro malo termina decepcionado y no vuelve por otro.
Esto, sin duda, juega en contra de los buenos libros y del interés por los
mismos. Y si a esto agregamos los libros impuestos por los ministerios de educación
y cultura a los escolares, mediatizados por políticas públicas de los gobiernos de turno…
La carencia de tribunas críticas
respecto a lo que a diario se publica ha terminado por echar a un mismo saco
los buenos y malos libros. El señor Mercado, como agente regulador no suele ser
el mejor consejero en tales asuntos, más aún cuando lo acompaña la señora Publicidad que puede poner por los cielos más de alguna
bazofia. Esta señora a menudo se equivoca, encumbra novelones que al año
siguiente no valen un veinte, mientras ignora otras novelas de mayor calidad
artística.
Miguel de Loyola – Santiago de Chile
– Agosto del 2026.

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