El primero de noviembre solíamos visitar cada año a los abuelos difuntos en el cementerio de Talca, uno de los más antiguos del país, fundado en 1847. Sus restos están sepultados allí y no en Santiago por motivos circunstanciales. Eso significaba salir de madrugada y regresar por la noche a la capital.
A pesar de la distancia, el viaje
resultaba siempre agradable. La carretera por entonces tenía menos tránsito, y
se podía conducir sin sobresaltos de un punto a otro. Salíamos a las seis de la mañana llevando el
correspondiente cocaví para el camino. Una provisión apetitosa de sándwiches,
huevos duros, frutas y las infaltables presas de pollo.
Mamá no paraba en todo el trayecto de
hablar, comentando esto y aquello. La Cati tampoco se quedaba atrás contando
más de alguna peripecia. La única silenciosa
en esos viajes era la Nina. Sus hermanas, pienso ahora yo, no la dejaban
hablar. A veces nos acompañaba alguno de sus hermanos, Otoniel, Emilio o Miguel.
Y en esos casos, las parlanchinas no hablaban tanto.
El trayecto tardaba unas cuatro horas, incluida la correspondiente
parada al baño y a desayunar, así que llegábamos a Talca poco antes del
mediodía. Dábamos la infaltable vuelta por la Uno Sur abajo, mirando los
establecimientos comerciales y el paso de la gente provinciana tan distinto al
de la capital. A veces nos deteníamos en la confitería Palet por los inolvidables
Palos. Creo que así se llamaba aquel pan dulce inolvidable. Luego nos
dirigíamos directo al cementerio municipal, llamado Ciudad del silencio.
Las tías conocían la ruta al interior del Campo Santo
y llegábamos sin rodeos a la tumba de la abuela Laura. Los abuelos no estaban sepultados
juntos, así que de allí nos íbamos a la del abuelo Víctor Manuel, ubicada en un
sector más antiguo. En ambas tumbas rezaban el rosario mientras limpiaban y colmaban
de flores el pequeño espacio. También lo
hacían junto a las tumbas de sus hermanos difuntos, cuyos restos descansaban por
allí también. Alejandro en un sitio y Marito en otro. El primero muerto a los 22
años y el segundo a los siete. Ambas muertes habían enlutado a la familia desde
muy temprano. La abuela Laura nunca vistió otro color más que el negro y el
gris después de eso.
A eso de las tres de la tarde, bajo
el sol tórrido talquino, la visita al
cementerio concluía. De ahí, asados la
mayor de las veces de calor, pero reconfortados por el ritual cumplido,
bajábamos hasta el río Claro a fin de merendar bajo los sauces y lento correr
del agua. Devorábamos los bocados y descansábamos un largo rato tirados sobre chales.
Luego, comenzaba el viaje de retorno donde la mayoría de los viajeros dormía gran
parte del trayecto. No faltaban durante el retorno la remembranzas,
devolviéndole la vida a nuestros muertos. La Cati para eso tenía más memoria y
recordaba con mayor precisión detalles de cada fallecimiento.
—Mi papá murió después de sufrir un
fuerte dolor de cabeza. Se acostó y al poco rato estaba muerto.
—Marito murió en mis brazos, abrasado
por la fiebre. El doctor de San Clemente no advirtió nunca la peritonitis y lo
mantuvo a base de cataplasmas de mostaza.
—Alejandro falleció de neumonía,
después de bañarse en un canal tras una larga jornada de trabajo. Nunca se
enteró el pobrecito que su novia esperaba un hijo suyo.
—Mi mamita falleció en el hospital
de Talca, producto de una bronconeumonía endemoniada, fatales en aquel
hospital.
La llegada a Santiago pasada la hora
del crepúsculo, resultaba siempre deprimente. Un golpe brusco a la realidad de
cada cual, después del breve repaso por la vida de nuestros muertos.
Miguel de Loyola - Santiago de Chile - Año 2017

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