Cada año que pasa se extrañan más las crónicas de Lafourcade. La versatilidad de su pluma sacaba del letargo dominical y conducía al lector a nuevas dimensiones, a nuevas interrogantes. Por lo pronto, el cronista no olvidaba jamás mencionar a más de algún escritor chileno, amigo o enemigo. Le sobraba memoria y generosidad para nominarlos a fin de que —los escritores—no fueran olvidados o bien fueran al menos conocidos de nombre por los ciudadanos; algo que no sucede hoy día. Si detienen en la calle a una persona para que mencione a dos o tres escritores chilenos, la mayoría se queda en blanco. Más en blanco aún si le piden nombrar alguna obra literaria.
Sucede que me topé por estos días nuevamente
con los Animales literarios chilenos, libro de Don Enrique Lafourcade,
por supuesto. Libro que recoge algunas de
sus crónicas referidas a la fauna literaria del Chile de sus tiempos. En ellas
perfila la personalidad y figura de un buen número de ellos, concitando el
interés y asombro del lector tanto por lo que dice por cómo lo dice. Don
Enrique manejaba la ironía como un maestro, estilo que sólo adquieren —sabemos—
las personas muy leídas. Esa ironía tipo escarpelo, le permitía escarbar en las
particularidades de los personajes abordados, despertando el interés del lector
por conocer a dichos personajes. Muestra y recrea genialmente las figuras de
Eduardo Anguita, Jorge Tellier, el infaltable chico Molina, Huidobro, Miguel
Serrano, Arteche, Bombal, Edward Bello… La lista es larga, y de seguro hay
muchos más que quedaron fuera de este inolvidable libro. Lafourcade los conocía
bien a todos, y si no los conocía, su imaginación le daba para abordarlos con
la misma suspicacia de quien los ha conocido.
Sus crónicas dominicales apuntaban
al hueso, pero sin esa carga de petulancia intelectual del cronista pagado de
sí mismo, como son los pocos que van quedando, o los pocos que tienen tribuna
pública en este país todavía. La eficacia de su pluma, bien podríamos decir
ahora, estaba en su estilo, desenfadado pero preciso, mezcla de ingenio y mil lecturas.
Su vista de lince, le permitía focalizar lo
contingente, adelantándose a cualquier otro observador o comentarista,
puntualizando acontecimientos y verdades que los demás pasaban por alto, o
descubrirían mucho más tarde. Fue, lo que se llama, un adelantado, y eso debió
darle muchos dolores de cabeza. Aún así,
nos legó su obra, literaria y periodística, donde el lector se puede ilustrar
de todo cuanto aconteció en nuestro Chile del siglo XX.
Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Octubre 2026

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