“Faber est suae quisque fortunae”
(Cada
uno es el artífice de su propia fortuna)
Los viajes a Talca en el camión del fundo para Artemio Ramos significaban una sola cosa: la posibilidad de acercarse a la pistera de sus sueños.
Mientras el chofer almorzaba en el mercado después de entregar la carga, se quedaba pegado frente a una vitrina de la Uno Sur, mirando una pistera color rojo italiano, volante curvo y sillín de cuero. Sumido en el silencio impertérrito de los hombres de campo, el joven apenas podía articular algún vocablo cuando el vendedor le comentaba las maravillas del velocípedo, capaz de alcanzar una velocidad increíble gracias a su magnífico juego cambios.Pasaron
dos o tres años de sacrificios y privaciones antes de que pudiera juntar el
dinero para comprarla. El ansiado momento llegó una mañana de primavera. Remigio
retiró del Banco del Estado sus ahorros y pagó al contado el valor de la pistera,
pero fue incapaz de manifestar la dicha de ver convertido en realidad su sueño.
Salió silencioso a la calle con ella, ansioso de montarla y cubrir por primera
vez en bicicleta la distancia entre la ciudad y su pueblo, de seguro saboreando
su alegría en la intimidad más profunda
en cada pedaleo.
Después
de aprender técnicas de ciclismo, al poco tiempo se transformó en un pedalero
profesional, ubicándose en los primeros lugares en las carreras del Club de
ciclismo de Talca. Ganó su primera medalla en una competencia interprovincial
donde terminó siendo ovacionado por una multitud de admiradores apostados al
costado de la carretera. A juicio de los periodistas deportivos, Artemio Ramos
estaba dotado de un talento natural para el pedal y en la zona no tendría
competencia. Contaba con la corpada propia del ciclista, gemelos largos, bien
atornillados a los huesos del fémur, y pantorrillas provistas de calugas elásticas
para darle ritmo constante a los pedales.
En su
llamativa pistera color rojo italiano, vistiendo camiseta blanca ceñida al
cuerpo, pantalones apretados a los muslos y un casco negro, subía y bajaba a velocidad
sorprendente hasta Los Lobos, ubicado veinte kilómetros cordillera arriba, pasó
a ser el ciclista más osado de la zona. No podía contenerse en las bajadas,
dejaba libre los frenos sin importarle la velocidad posible de alcanzar cuesta
abajo. Bajaba prendido, aunque tampoco parecía esforzarse al momento de subir pendientes.
De pie sobre los pedales, escalaba sin sobresaltos de su ritmo cardiaco, dejando
tirado al resto del grupo. Nadie podía mantenerse detrás suyo durante el
ascenso, usufructuando la brecha abierta en el espacio por su ritmo. Artemio metía
pedal sin descanso, y al poco rato terminaba fugado del resto de sus compañeros.
Al año siguiente de la compra, fundó una organización deportiva similar a la talquina en San Clemente, reuniendo los fines de semana una fila de ciclistas enroscados en sus velocípedos, dispuestos a seguirlo hasta el fin del mundo por la nueva carretera Longitudinal. Por allí se los veía preparándose para las competencias, alentados por los consejos de un Artemio Ramos incansable en la tarea de enseñar a los jóvenes los artilugios del ciclismo. El Club ganó así la primera Copa de estaño para la localidad de San Clemente, en la provincia del Maule.
La
celebración de aquel triunfo mantuvo a los ciclistas del Club dando vueltas a la plaza durante una semana,
produciendo aquel murmullo de enjambre de abejas en torno al panal, al girar en reversa los pedales de sus
pisteras mientras giraban uno tras otro. Hubo cueca y vino también, ambos
ingredientes infaltables en las fiestas, aunque los ciclistas no bebían una
gota, preferían el sabor del agua pura y cristalina de las vertientes
cordilleranas. No se puede ir en bicicleta mareado ni tembleque, arengaba Artemio Ramos a su equipo. La
pistera, a diferencia del caballo, depende del cerebro consciente y atento del
pedalero para mantenerse en línea.
Después
de aquel triunfo los jóvene y otros no tanto,
comenzarían a usar la bicicleta
en San Clemente también para el diario desplazamiento a su trabajo, e incluso
para viajar a Talca. En menos de una hora los más diestros cubrían la
distancia, dejando de lado las cabalgaduras que harto más gastaban en aperos y
forraje. Los más osados conseguirían novia en ambos sitios. Total el trayecto, comentaban
en medio de risotadas, no costaba más de una pedaleada por la carretera. Pero
gracias a ese esfuerzo diario, nacieron también grandes campeones de ciclismo en
la zona, quienes ganarían carreras interprovinciales, y algunas
internacionales, después de cruzar Los Andes por el paso del Pehuenche hasta la
ciudad de San Rafael en la República Argentina. Un circuito recorrido por ciclistas
de ambos países, después que Artemio Ramos lo inaugurara cuando todavía no había pavimento.
Artemio fue presidente del Club por más de dos
o tres décadas, después poco a poco se fue alejando de las pistas, cuando ya
las piernas comenzaron a flaquearle, y la frecuencia de calambres hacían
ingrato el pedaleo. Entonces pasaba el día apoltronado en los cómodos sillones
de su peluquería, esperando la llegada de algún cliente para cortarle el pelo y
contarle sus viejas historias de pedalero. La pistera la mantenía en el patio
trasero del local como un recuerdo,
decía, desde que había perdido la costumbre de estacionarla en las afueras del
local, después que en reiteradas ocasiones la encontró sin aire en sus ruedas,
por causa de los nuevos niños de San Clemente,
a quienes no sorprendía el modelo ni la historia de la bicicleta del
peluquero. Pasados los cincuenta años había dejado de lado las pistas, y la
dirección del club pasó también a manos de ciclistas más buenos para las
fiestas que para el pedaleo, transformándose en un club social para organizar bailoteos
provistos de la correspondiente tomatera, remataba Artemio Ramos con indudable
desaliento.
Sin
embargo, años después cuando Ramos falleció por causa de su avanzada edad, el
pueblo entero lo acompañó al Campo Santo en bicicleta, y fue la caravana más
larga de ciclistas que se halla visto alguna vez en el Maule. Sobre la urna color negro pusieron su ropa y
su casco de ciclista, y, por supuesto, la mítica pistera color rojo italiano lo
acompañó también hasta la última morada en la cureña.
***
Cuento de Miguel de Loyola del libro Cuentos interprovinciales.


Comentarios