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Noches sórdidas




El farol opalescente de la entrada parpadea inquieto. Suena una débil campanilla tras pulsar el timbre. Alguien abre la puerta, el vestíbulo aparece rodeado de cortinas que ocultan a los amantes mientras esperan su turno en silencio. El pasillo a las habitaciones está en penumbras; la sonrisita mordaz de la mucama asusta mientras abre la puerta del cuarto. Entonces, por fin solos, nos devoramos el uno al otro, conteniendo el temor de estar allí, en ese espacio secreto.

 

***

La cama huele mal, dices, y te desconcentras, te quedas pensando en cuántas personas habrán pasado por allí. Sientes repulsión, te quieres ir lo antes posible. No lo dices, pero lo advierto, lo presiento en el sabor de tus besos, por la pérdida del deseo que avanza, mientras en mi aumenta tras tu incertidumbre. El lugar es sórdido, lo dicen tus ojos inquietos. La cama debe tener cien años, digo para sacarte una sonrisa, y las lámparas son candelabros medievales, remato. Pero no te ríes, por el contrario, tu pupila derrama desconcierto.  

 

* * * *

La mucama nos mira de reojo, su sonrisita es maligna, sabe que es la primera vez que andamos en tales pasos. Te vuelve a mirar de soslayo, advierte que no eres la clase de mujeres que visitan lugares así. Lo nota en tu piel sonrojada, en tus manos temblorosas. Nos falta la  seguridad y el aplomo de otras parejas, a quienes oímos dar portazos y carcajadas cuando son conducidos a su habitación, mientras a nosotros nos consume el silencio. Un silencio que inhibe al principio el deseo, pero nuestra juventud lo salva, y pronto comenzamos a besarnos y a tocarnos con el fervor de los amantes.

 

******

Tres golpecitos en la puerta son la señal para salir del cuarto, sin riesgo de toparse con otra pareja. La espera desespera lo mismo que al entrar. Nos volvemos a besar, ahora mecánicamente, hemos agotados los besos durante tres horas intensas. Pero sabemos que volverán, que volveremos a ese cuarto; porque nuestra apetencia una marejada que va y viene; una marea alta y luego baja, de quietud plena, luego tormentosa y turbulenta.

 

*******

Miguel de Loyola - Cuentos breves - Año 2001

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