La primera vez que entré a la casa
que había sido construida por mi abuelo al casarse, me impresionó ver
escopetas junto a la cabecera de las camas. Sólo había visto armas de fuego
en las películas. Confieso que me fascinaban, abrían mis ojos al máximo.
Me hipnotizaba su misterio. Aquel día pude verlas de cerca, incluso tocar una de ellas. La rigidez y frialdad del metal me produjo escalofríos. ¿Por qué estaban allí? Cabía preguntarse, y de hecho me lo pregunté, aunque tal vez no ese mismo día, sino más tarde, cuando tuve mayor confianza, se trataba de la primera vez que visitaba el lugar.
Sospeché que estaban allí por alguna razón, por algún peligro, pero en
ningún caso de adorno. Mis primos mayores me respondieron que las tenían a mano
para defenderse de los bandidos. Y yo les creí. También había escopetas en el
cuarto de las niñas y en el de los tíos. Todos en esa casa disponían de un
arma de fuego. Debía ser cierto, concluí. Las tienen para defenderse de los
asaltos. El pueblo, claro, semejaba esos pueblos que se veían a menudo en los
western. Casas chatas, de barro, en su mayoría con barón en su
frontis para atar el caballo. En esa época todavía se veía a muchos hombres cabalgando
por esos caminos de tierra suelta y rojiza, casi polvillo. Un polvillo que las
pisadas de los caballos levantaba y el viento esparcía en pequeñas nubes.
También había en aquel pueblo algo
parecido a una cantina, o mejor dicho, bodega, donde los hombres bebían cerveza
y compraban víveres. Después montaban sus cabalgaduras y se alejaban cortando
el silencio del ambiente con las pisadas de su caballo. Hombres solitarios, semejantes a los
cow-boy, de sombrero y manta.
La segunda noche me despertaron los
disparos. Desperté asustado, convencido que nos asaltaban los bandidos, pero
nadie se levantó. Los fogonazos provenían de afuera, multiplicados
por el eco reproducido por los cerros que rodeaban el pueblo.
A la mañana siguiente vi una docena
de conejos colgados en el corredor de la casa y a uno de mis primos
descuerándolos con un peligroso cortaplumas. Los había cazado esa noche, me
enteré después. El puzle comenzaba a armarse en mi cabeza respecto a las
escopetas. No recuerdo que edad tenía entonces, pero debo haber sido un niño, un niño repleto de sueños y ansioso de aventuras.
***
Miguel de Loyola - Carrizal de Putú - Año 2024

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