La relación consigo mismo no siempre es buena, solemos discutir y rabiar con quien somos. Nos enojamos más con nosotros que con el resto de los mortales. Nos cuesta perdonarnos, perdonar y olvidar nuestros errores, sobre todo cuando se vuelven reiterativos. En tales casos nos volvemos inmisericordes hasta el odio. Es patológico esto de enojarse con uno mismo, a sabiendas que resulta inútil, pues tendremos que seguir compartiendo por el resto de nuestra vida con este mismo sujeto Yo Mismo. Se trata de un diálogo ininterrumpido, que más nos vale mantener en armonía, porque ese Yo Mismo suele ser vengativo, muy vengativo. En muchos casos se vuelve destructor de nuestra salud, se incuba en nuestro cuerpo disfrazado de alguna enfermedad.
Así que ojo con él, ojo con el dialogo interior, hay que sostenerlo siempre en armonía, en términos de aceptar nuestras carencias, nuestras caídas y despropósitos que bien sabemos serán siempre muchas.
Debemos darle sabiduría en vez de crítica, alimentarlo de saberes, filosofía, ciencia, literatura, historia, matemáticas…
Es tanta la
experiencia del hombre sobre la tierra que no debiéramos desperdiciar el tiempo
en discusiones con uno mismo. Por el contrario, debiéramos procurar la amistad,
el entendimiento, el cariño por lo que somos, por todo eso que hemos conseguido
ser a pesar de tantos sobresaltos y caídas. Hablarnos en buen tono,
agradeciendo de antemano el privilegio de conocernos, de haber podido
estar aquí y ahora bajo cualquier circunstancia. Sucede que bien podríamos no
habernos conocido.
Miguel de Loyola –
Santiago de Chile – Julio del 2026

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